Ha pasado solo un mes desde las elecciones y parecen haber pasado seis. La política se está tomando su tiempo porque no tiene más remedio que tomárselo: las alianzas son tan inciertas que nadie quiere enseñar todas sus cartas. Ahora bien, una cosa es no enseñar todas las cartas y otra muy distinta no enseñar ninguna o, incluso, no sentarse a la mesa de juego, que es lo que parece estar haciendo el presidente del Gobierno. Y justo en el otro extremo parece situarse Pedro Sánchez, al que se le viene notando demasiado su ansiedad por sentarse a la mesa y ganar a toda costa la partida. Es pronto, en todo caso, para juzgar el alcance y efectividad de las jugadas del líder socialista: pronto porque el jugador principal, que al menos nominalmente es Mariano Rajoy, aún no ha empezado a jugar ni, en consecuencia, a apostar. ¿Cuál será el desenlace final? ¿La partida acabará en tablas o habrá un ganador cuyo premio es la Moncloa? Imposible saberlo. [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]CUESTIÓN DE ATMÓSFERA[/cita] El desenlace dependerá del estado de la atmósfera política. Si los pronósticos del tiempo que vaya a hacer en un lugar y un momento concretos dependen de variables como la presión, la humedad, los vientos, etc., los pronósticos sobre quién gobernará en España dependen de variables que todavía desconocemos. Los jugadores pueden hacer sus apuestas y explicitar sus deseos, pero no pueden calcular con precisión cómo afectarán sus decisiones a la evolución del clima político. Lo bueno –y lo malo– que tiene el clima político es que no se puede programar anticipadamente: no es que se cree solo, sino que su creación depende de tantas variables que es imposible controlar cómo acabarán relacionándose unas con otras. Un ejemplo del pasado: el PSC de Maragall jamás pudo prever que su decisión acentuar el perfil catalanista del partido y aliarse con ERC iba a contribuir tan decisivamente a que se produjera un cambio en el clima político catalán tan trascendental como el que se ha producido. La atmósfera del Principado está hoy sobrecargada de electricidad identitaria y nacionalista, pero eso los estrategas socialistas no pudieron preverlo, salvo que hubieran sido unos genios en materia de clima, que no era el caso. [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]VARIOS PRONÓSTICOS[/cita] Un ejemplo del futuro: si el PP es capaz de cerrar algún tipo de acuerdo de legislatura con Ciudadanos a cambio, claro está, de importantes concesiones, ese pacto cambiaría radicalmente el actual clima político, hasta el punto de que haría casi imposible que el PSOE pudiera votar en contra de un Gobierno que tenía ya garantizado el apoyo de ciento sesenta y tantos diputados. Otro ejemplo del futuro, aunque más improbable: si el PSOE es capaz de cerrar un acuerdo de legislatura con Podemos a cambio, claro está, de importantes concesiones por ambas partes, ese pacto también cambiaría radicalmente el actual clima político, hasta el punto de que haría muy difícil que Ciudadanos pudiera votar en contra de un Gobierno que tenía ya garantizado el apoyo de ciento sesenta y tantos diputados. En el primer ejemplo y en el segundo, el margen de maniobra del PSOE en un caso y de Ciudadanos en otro menguaría drásticamente y ambos se verían obligados a hacer algo que ahora mismo proclaman que no harán jamás de los jamases: abstenerse y dejar gobernar a sus adversarios. [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]EL FACTOR GARZÓN[/cita] Otro ejemplo climático: si Podemos no cede –y seguramente no puede ceder– en su apuesta por la autodeterminación de Cataluña y ello hace imposible cualquier acuerdo con el PSOE, desembocando todo esto en unas nuevas elecciones, esa negativa de Podemos también haría cambiar mucho el clima político, que quedaría a partir de ese momento sobrecargado de electricidad territorial, lo cual a su vez podría perjudicar seriamente las expectativas electorales de Podemos fuera de Cataluña. De este tercer pronóstico sobre clima político se desprende que no es tan seguro que a Podemos le favorezca la repetición de elecciones: le favorecería ahora mismo, con el clima actual, el de este momento, pero quizá no con el de dentro de tres o cuatro semanas. Y otro ejemplo más, el último: si Alberto Garzón se convence de una vez de que, para conservar y ampliar sus 923.000 votos del 20D, IU necesita con urgencia diferenciarse nítidamente de Podemos y de que ello solo puede hacerse disparando contra la formación de Iglesias con munición verdadera y no de fogueo, el clima político en la franja izquierda del territorio electoral podría cambiar lo bastante como para que Podemos empezara a preocuparse de verdad del daño que, entonces sí, podía hacerle Izquierda Unida. Por fortuna, nadie puede controlar la evolución del clima. Si en la naturaleza existe el efecto mariposa, en la política existe todavía más. Una decisión insignificante tomada hoy puede desencadenar un ciclón mañana. Imposible preverlo. Por eso es todavía demasiado pronto, sigue siendo demasiado pronto para decir nunca jamás.