¡Silencio, que llora Sevilla! ¡Silencio! En la negra madrugada del lunes 23 de noviembre del año 2015, una mano criminal teñía de rojo el monumento a Curro Romero que, como una vara de nardos resplandeciendo sobre el paso de palio de la Esperanza Macarena, viene adornando desde tiempo ha uno de los laterales de la bella plaza de la Maestranza, a la vera misma de Triana y a los pies del Guadalquivir. Casi ná. La traidora mano le ha pintado de rojo sangre las manos al maestro de maestros y hasta ha escrito en el pedestal que sostiene la noble figura una frase tan infame como ‘La tortura no es cultura’. ¡Bastante sabrán de cultura estos zopencos antitaurinos que todo lo manchan con sus sucias manos! Ay, si Sevilla, nuestra Sevilla, tuviera un Lorca como Dios manda ya habría publicado en el Abc unos versos inmortales para desagraviar al Faraón de Camas: "¡Que no quiero verla!/Dile a la luna que venga,/que no quiero ver la sangre/de Curro sobre la acera". Aunque, quién sabe, igual el gran Antonio Burgos ya está en ello y un día de estos nos deleita con alguna coplilla de desagravio. ¡Ponte a ello, Antonio, que tú puedes! El Ayuntamiento de Sevilla, por fortuna, ya ha anunciado, Dios se lo pague, que limpiará este mismo martes el monumento, pues aunque al artista que ejecutó la escultura le quedó, ciertamente, un Curro algo retaco en opinión de sus envidiosos críticos, ello no empece para que el gentío turístico que cada día pasa junto a la escultura admire la donosura flamenca y torera del inmortal Romero. Nada comparado, por cierto, con la de Su Alteza Real Doña María de las Mercedes, abuela de este Rey y madre del anterior, que también tiene junto a la Maestranza un monumento pero éste todavía mucho más grandón, mostrenco y sin gracia que el de Curro, aunque todavía ningún historiador del arte haya logrado demostrar que el autor de la escultura fuera secretamente republicano ni ningún alumno de la Facultad de Bellas Artes se haya atrevido, armado de lejía y aguarrás, a atentar contra ella. A Curro: pintura roja; a Doña María, ni un mísero graffiti: ¿es ésta la Sevilla que queremos dejar en herencia a nuestros hijos? Aun así, gracias a la celeridad municipal, solo habrán sido unas horas. Infernales, sí, pero apenas unas pocas. ¡Habrase visto cosa igual: la cuna mundial de la torería ofendiendo al mejor de sus hijos! Cuánta razón tenía el infortunado erasmista Cipriano de Valera cuando dijo aquello de “Oh Sevilla, Sevilla, que matas y quemas los profetas que Dios te envía!”. El monje jerónimo pudo al menos salvarse de la Inquisición huyendo a la Europa civilizada, y no como el pobre Curro, amarrado al duro bronce de su pesado monumento, sin poder huir de los animalistas como en el pasado lo hacía de los toros y, en fin, víctima inocente de esa otra Inquisición moderna y descreída que son los antitaurinos. Y antitaurinos que, encima, son ¡españoles! Y seguro que hasta ¡sevillanos! ¡Ay, qué inmenso alivio patriótico si la Guardia Civil caminera, que estará peinando ya incansablemente los barrios menos nacionales de la ciudad en busca de culpables, descubriera al menos que los autores del horrendo crimen habían sido ingleses o franceses… o, ya puestos, Dios lo quiera, catalanes!