Dicen los sicólogos que, cuando nos golpea el fallecimiento de un ser querido, nos cuesta muchísimo aceptarlo y que, para ello, tenemos que pasar varias fases a cuyo cumplimiento nos ayudan los profesionales del comportamiento humano y quienes conocen los secretos del funcionamiento de nuestro cerebro. Digo esto porque, en mi opinión, la clave del desenvolvimiento y de las salidas del momemto político actual de España no es otra que saber cuándo y cómo se va a producir el desmoronamiento definitivo del Partido Popular de quienes todos saben que está herido de muerte aunque nadie se atreve a vaticinar cómo se va a producir el acontecimiento ni cuáles van a ser los daños colaterales del mismo, lo que, dicho en román paladino, quiere decir que nadie sabe hoy por hoy a cuántos ni a quienes va a arrastrar consigo y tras sí al precipitarse en el proceso de su hundimiento definitivo. Lo que quiere decir que detrás de estos acontecimientos y, sobre todo, de estas maniobras de resistencia a la defenestración, hay un gallego declarado persona non grata en su Pontevedra natal cuya especialidad es hacerse el mohíno paseando la vaguedad estratégica de su desigual mirada por encima de la contundencia de los acontecimientos, domeñándola, estrujándola y estirándola al mismo tiempo, tensándola y aflojándola como la piel inocente de un tambor de Calanda o la cuerda finísima de una guitarra o de un violonchelo a cuyos acordes Andrés Segovia y Pablo Casal conquistaron la consideración de música paciente con el permiso rítmico de Luis Buñuel. ¿Qué nos está pasando? ¿Hasta cuándo llegará el reinado de esta pasión duramente anunciada y cómo acabará la profusión de tantas alharacas y carantoñas, imprecaciones y descalificaciones como hasta ahora parece que la acompañan? O para decirlo sin rodeos, ¿cuándo se diluirán como un azucarillo mojado en el café las esfinges residuales y aparentemente rocosas de Mariano Rajoy y Rita Barberá, arrastradas por sus respectivos séquitos de ángeles, arcángeles, tronos y dominaciones. Bueno, la escolta de Rita ya se ha diluido y la que no es moco de pavo es la de Rajoy, flanqueada por su ministro del Interior, cada vez más nervioso al hablar y al hacer, y por la vicepresidenta Soraya Saenz de Santamaría, que intenta patéticamente dar la talla mezclando con aparente astucia los silencios a que la obligan sus pecados con los chillidos histéricos que derivan de su condición frustrada de principesa de Asturias. Y ahora se escenifica la consulta de la dirección socialista a sus bases que parecía el volantín inmortal de Pedro Sánchez para saltarse a la torera o a la garrocha el escollo de su baronía. Casi nadie duda de que el resultado será favorable a la dirección aunque no sea más que por el recononocimiento de su valentía por haber logrado tomar la iniciativa y sacudir el felpudo del panorama político nacional para que sus actores se retraten y enseñen de una vez el plumero entre tanto emboscamiento y tanta indefinición y que se les vea la patita por debajo de la puerta. Y, si se me pregunta por mi opiníon, llegados a este punto, la daré gustoso, recordando que escribo gratis et amore. Hubiera votado sí, de poder hacerlo, para conseguir tres objetivos: hacer frente a la vergonzosa campaña de la derecha mediática, manipulando a viejas glorias socialistas resucitadas; erosionar lo más posible y acelerar la descomposición del aparato corrupto del PP; y apoyar la formación de calquier alternativa democrática de progreso que sirva de base para recomponer la hegemonía popular y garantice la gobernanza en un país como el nuestro, tan harto de sacrificios estériles y tan necesitado de ofrecer una salida digna a sus jóvenes generaciones. Nada se pierde por intentarlo ni por ofrecer una plataforma en construcción para que se le añadan quienes quieran, con la garantía de aportar, ojalá, las pertinentes críticas costructivas.