No se entienda como equivalencia moral el haberle pedido prestado a Primo Levi su título legendario sobre los sufrimientos del campo de concentración de Auschwitz para ilustrar el caso, infinitamente más liviano, del exalcalde de Marbella Julián Muñoz. La elección del arriesgado título está justificada por el patetismo que reflejan las imágenes de un Muñoz irreversiblemente demacrado que, pese a todo, ha sido obligado a sentarse en ese banquillo sobre el cual apenas puede sostenerse. Finalmente, el tribunal de Málaga ha aceptado no obstante que el encausado en el caso Fergacon no asista a todas las sesiones del nuevo juicio por corrupción donde también le espera una segura condena al expresidente del Sevilla FC José María del Nido, que ayer mismo reconocía su culpa y pedía perdón al pueblo de Marbella. Antes, a Muñoz la Audiencia de Málaga, en contra del criterio del Juez de Vigilancia Penitenciaria, le había negado la concesión del tercer grado por motivos de salud. Está grave, pero no en estado terminal, sostienen los jueces. Viendo, en cambio, las imágenes del nuevo juicio que empezó ayer se diría que el exnovio de Isabel Pantoja está algo más que grave: es un hombre consumido por la enfermedad. Un hombre acabado: tanto, que no hay más remedio que preguntarse si la justicia no se estará volviendo demasiado ejemplar en los casos de corrupción más televisivos para que no le recuerden que hasta fechas muy recientes no había sido precisamente ejemplar en la persecución y castigo de la corrupción. Algunas condenas absolutamente desproporcionadas para los baremos del sentido común, como la de cuatro años de cárcel al exalcalde de Jerez Pedro Pacheco por colocar en el Ayuntamiento a dos militantes de su partido, parecen apuntar en esa dirección. No sabemos si Julián Muñoz se les va a morir a los jueces en la cárcel donde cumple condena por su participación en el saqueo de las arcas de Marbella, pero por las fotos que se vieron ayer parece que tal eventualidad bien pudiera ocurrir. Ese Julián Muñoz enflaquecido, macilento y tal vez moribundo que la vista cansada de Primo Levi podría haber confundido con alguno de sus compañeros del Konzentrationslager Auschwitz-Birkenau despierta no nuestra indulgencia por sus delitos, pero sí nuestra compasión por su sufrimiento. Tal vez haya llegado la hora de devolverlo a casa para que pueda morir en paz.