Configurar ahora mismo un Gobierno de izquierdas en España es prácticamente imposible. No es ya que quienes intentan conformarlo no puedan, es que ni siquiera sabemos si quieren. Sabemos que Podemos puede, pero no sabemos si quiere. Y sabemos que el Partido Socialista está partido: la mitad de él quiere pero no puede y la otra mitad puede pero no quiere. A Pedro Sánchez le sucede como a los soberanistas catalanes que ahora preside Carles Puigdmont: que aseguran tener votos suficientes para intentar la independencia pero no para culminarla. El líder socialista tiene votos suficientes para intentar la investidura pero no para culminarla. ¿Y por qué no renuncia a ella, entonces? Por la misma razón que no lo hacen los independentistas catalanes: porque el hecho mismo de intentarlo da réditos políticos, casi tantos como les restaría el hecho de no intentarlo. Es cierto que con el argumento de intentarlo están de algún modo haciéndose trampas al solitario y haciéndoselas un poco también al resto de jugadores, pero es que el resto de jugadores hace lo mismo, de manera que unos y otros quedan en paz. En el juego de la política no hay jugadores inocentes, si se exceptúa tal vez a Alberto Garzón. TIEMPO DE SILENCIO Pedro Sánchez solo puede hacer lo que está haciendo, aunque sospeche que sus trabajos no darán el fruto de su investidura como presidente del Gobierno de España. Sánchez calcula con razón que el fruto puede ser otro, y no menor: su investidura como líder del Partido Socialista. Su victoria en las primarias tuvo mucho de triunfo vicario, de victoria prestada y en diferido que solo ahora empieza a ser propia. Con estas negociaciones para ser investido presidente, Sánchez está logrando investirse como líder, está por fin ganándose el puesto que solo en parte había conquistado por méritos propios. Mientras tanto, en las cancillerías socialistas se guarda silencio. No pueden ni deben hacer otra cosa que estar callados, aunque por dentro les corroa una paradoja moral irresoluble: piensan que lo que es bueno para Pedro es malo para el partido y malo para España. Mientras, Pedro opina lo contrario, que lo que es bueno para él es bueno para el partido y es bueno para España, y solo es malo para los barones que quieren liquidarlo. HERIDAS SUPERFICIALES (DE MOMENTO) Alguien saldrá seriamente tocado, puede que no hundido pero sí tocado, en la batalla socialista. Según convienen prácticamente todos los analistas y observadores, de momento, quien está quedando más tocada es Susana Díaz, aunque por ahora solo sufra heridas superficiales de las que no le sería difícil recuperarse. Quedan muchos minutos por delante, sí, pero en estos momentos el partido lo está ganado Sánchez. ¿Es la suya una victoria ficticia y aparente como en el fondo lo están siendo las victorias parciales de los independentistas catalanes? Probablemente. ¿Logrará Sánchez conservar el liderazgo del PSOE al término de este incierto paréntesis abierto tras el 20D? Puede, pero si lo hace, será a un precio muy elevado: el suyo sería un liderazgo lleno de debilidades y ejercido sobre un partido lleno de resentimientos. Pedro Sánchez nunca será un comandante en jefe de verdad mientras no cuente con el respaldo ni la confianza de su estado mayor, al cual a su vez no puede despedir ni decapitar pero tampoco convencer para que le dé su apoyo. Todo está abierto, demasiado abierto. Si Sánchez fracasa en sus negociaciones para ser presidente, lo previsible es que Mariano Rajoy lo intente, pero cualquiera sabe, porque desde que el presidente más previsible de la historia de la democracia decidió volverse el presidente más imprevisible de la historia de la democracia es difícil saber qué diablos hará Mariano Rajoy. Lo lógico sería 1) que intentara cerrar un acuerdo de legislatura corta con Ciudadanos cuyo precio sería, naturalmente, su propia cabeza y 2) que ese acuerdo, ese precio y ese plazo forzaran al Partido Socialista a la abstención que hoy tanto teme. Pero esto –como lo que hace Sánchez con sus interlocutores, hacía Artur Mas con la CUP o hará Puigdemont con el Constitucional– es hablar por hablar.