Quienes, como yo, llevamos casi dos décadas expuestos a publicar en y desde la prensa nuestro parecer a propósito de lo divino y de lo humano, solemos movernos como en nuestra salsa en el terreno de abundantes y profundas contradiciones de entre las que no es la menor traslucir o no los más intimos deseos a propósito de los acontecimientos sobre los que, de una u otra forma, hemos de tratar o de opinar en nuestros artículos. Y el pudor que sentimos por desnudarnos ante los lectores nos lleva a disimular la seguridad en nuestros juicios, o a aparentar tenerlos menos firmes, como si quisiéramos curarnos en salud desdibujando o mitigando la exactitud de un pensamiento, légitimo en cuanto somos ciudadanos libres e independientes, pero no tanto porque podemos influir en mucha gente moldeando su opinión acerca de lo que nos rodea. Por eso basta con que opinemos sobre el discurrir previsible de los acontecimientos para que nos trasluzcamos y nos retratemos puede que definitivamente en términos trasnochados (rojos o nacionales; carcas o revolucionarios) o en otros de mayor actualidad (soberanistas o costitucionalistas; progresistas o carcamales) según los cuales tengo que respirar aliviado diciendo que por fin se han desbloqueado las negociaciones para explorar la formación de un nuevo gobierno y se ha hincado el cuchillo en el melón constitucional para catar su sabor y así me posiciono como amigo de las fuerzas del bien, enemigo de quienes ensucian la política con la corrupción y defensor del predominio (no exclusivo) de lo público frente a lo privado que (sin ser malo en sí) debe complementarlo necesariamente ma non troppo, de modo que contribuya a una sana diversificación social y económica de las iniciativas de la sociedad. Y solo del equilibrio y dinamismo de ambos sectores se obtendrán los resortes que definen a una sociedad moderna como pretenden ser las nuestras ocidentales, en el marco de lo que podríamos llamar la mediterraneidad de la ladera norte del Mare Nostrum y de la vertiente sur del continente europeo, una de las zonas más sensiblemente estratégicas del mundo por estar colocada en un cruce vital entre norte y sur, este y oeste, carrefour o encrucijada de todos los caminos euroasiáticos y africanos y, al mismo tiempo, trampolín y lanzadera hacia el mal llamado Nuevo Mundo americano y las subsiguientes rutas del Pacífico transamericano y polinésico y asiático. Dicho así, qué pequeño queda el gran problema del soberanismo seccesionista catalán que tanto nos preocupa aquí y ahora por haberlo dejado empercudirse la derechona unitarista del españolismo más cutre y cañí quien ha permitivo renacer a un separatismo oportunista y de libro, portador de unas demandas victimistas decimonónicas sobre las que se han fundado los conciertos nacionales de los países más avanzados, incluyendo Italia, el Reino Unido, Alemania y los Estados Unidos. A nuestra Primera Transición, por las urgencias cronológicas y por las asechanzas terroristas y nostálgicas del franquismo, le faltó el reconocimiento soberano para la unidad de todos y cada uno de los pueblos de España y le sobraron las asimetrías tacticistas que ahora tanto nos molestan en el zapato para construir un estado moderno basado, sí en la libertad, pero también en la equidad entre sus elementos integrantes. ¿Por qué tanto miedo en partir desde el punto cero de una autodeterminación excepcionalmente pactada y aceptada para la constitución definitiva de España como una nación de naciones, unidas voluntariamente en un estado federal, confederal o autónomo avanzado donde las partes se fundan y se funden (pero no se confunden ni se confundan) en un todo dinámico y articulado de una vez por todas? ¿Y si Pedro Sánchez fuera capaz de aunar voluntades en pos de esa definición de estado y alcanzara a formular un para qué que diera lugar a votar a un quién que nos liderara para llegar a un dónde comúnmente aceptado y sin que sirviera de precedente? Sería demasiado bonito, no dar con ese quién, sino estar de acuerdo en mandatarlo para pilotar esta Segunda Transición al siglo XXI, este ya sí de las Luces para todos los españoles, de la Concordia (corazón con corazón / y alma con alma) de la Igualdad y de la Prosperidad. ¿Se imaginan estar contemplando y coprotagonizando un proceso memorable histórico de la unidad de voto y de facto de la izquierda española como el acasecido en la derecha en 1996? Eso sí que sería -¿por qué no?- como vivir en el Paraíso y no lo que traslució Ana Pastor, la ministra de fomento, cuando dijo que es imposible estar en política y ser honrado. ¡Vaya bastinazo, ahora que empiezan en Cádiz los carnavales! Y el AVE sin llegar a Granada.