No hay cosa peor en el calendario que encontrarse en tierra de nadie y eso es lo que ahora ocurre, y si vosotros o no sois conscientes de ello, sí que vale (y mucho) para mí, que me siento ya inicialmente primaveral como para que me chirríen los huesos de reúmas turbulentos pero todavía no tanto como para que se me ensanche el corazón al grito de viva España, aunque ya canten los pajarillos electorales puntualmente en el balcón, a las siete de la mañana, entonando unas sinfonías melódicas universales y polifónicamente sostenibles. Sin ir más lejos, esta misma mañana me he dejado llevar por el acorde de frases musicales pajariles elaboradísimas y eso que solo eran dos o tres alondras y unos pocos jilgueros y ruiseñores que han sido capaces de sacarme del sueño que me embargaba por la ingestión desesperada de varios calmantes y analgésicos sin los que en las últimas semanas no habría logrado descansar por los dolores artríticos que me agarrotan de tanta primavera como me bulle por las venas, de izquierda a derecha y viceversa, de fuera a dentro y viceversa también. Y como Granada es de interior, ninguna gaviota. Daniel Barenboim y todos los componentes de su orquesta West-Eastern Divan que, por cierto, ya han dejado de venir al Festival de Música y Danza de Granada porque no hay con qué pagarlos, no suenan mejor que mis pajarillos albaycineros matutinos cuando dicen aquí estamos nosotros. Y encima, gratis. A pesar de lo cual, aún no logro sentirme plenamente primaveral por lo de la artritis y porque aún no hay acuerdo sobre la composición de la mesa del nuevo Parlamento andaluz ni sobre los apoyos explícitos o implícitos para que la candidata más votada forme nuevo gobierno. Verán que no la nombro, no sea que peligre mi pensión jubilatoria y me llamen a declarar por lo de los ERE, en cuyo caso, solo tendría la ventaja de vivir a doscientos metros de la sede del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía y a doscientos veinte de la de la Fiscalía correspondiente (para que veas, Jesús, cómo te cito). Tampoco llegó aún plenamente la primavera por la severidad de las turbulencias climáticas que han dejado por embusteros a los pronosticadores meteorológicos que diariamente solo se acuerdan de nosotros para desdecirse cada dos por tres y hasta ha caído más nieve otra vez en Sierra Nevada cuando ya se planteaba la fecha del cierre y mi amiga María José López se ha puesto a cavilar sobre cuándo hay que cerrar la Estación que tan celosamente pastorea. Y esto puede retrasar la migración de las tribus serranas a las playas de Tarifa y aledaños del Estrecho para continuar allí con su dolce-far-niente (ahora del windsurfing) y con el tostado torrefactado de sus castigadísimas epidermis. Menos mal que la sanidad andaluza está que se sale, tanto la oriental como la occidental y la costera como la del interior, como acaban de reconocernos las autoridades mundiales del ramo, con el subidón lógico de la consejera y sin embargo amiga María José Sánchez Rubio, que coordina un instrumento sanatorio y social potentísimo donde se atiende por igual al pijerío peri-marbellí que al lumpen nacional e internacional más acreditado pues, a pesar de la crisis y de las asechanzas de Rajoy, que no atiende a estas alturas de las necesidades generales del país y solo escucha a sus colegas registradores, todos los escalones sanitarios andaluces funcionan prácticamente a la perfección gracias a los esfuerzos sobrehumanos del personal auxiliar y administrativo y del profesional médico y sanitario, que han logrado sobreponerse a tantas dificultades económicas de origen político. Y es que mirando a Rajoy se sabe cuándo nos quiere vender la burra, con esa cara de empollón pajillero y recién operado de la bizquera y ese discurso de niño bueno que ahor promete 800.000 nuevos empleos en menos de un año y avala impúdicamente los esfuerzos sobrehumanos de la gendarmería marroquí para ayudar a nuestros montañeros/espeleólogos (qué más da la escalada o el descenso) accidentados a quienes casi acaban por dar los santos y últimos óleos, como cuando los hilillos aquellos de plastilina del Prestige, de hace casi tres lustros. ¡Mascarilla antialérgica y zape contra los políticos profesionales de la casta!