Podemos se debate pensativo ante una encrucijada trascendental: si quiere optar en serio a gobernar España tendrá que parecerse cada vez más al PSOE, pero a medida que se parezca más al PSOE se parecerá menos a sí mismo. Al propio Partido Socialista le ocurrió algo parecido a finales de los 70, cuando Felipe González forzó un arriesgado pero clarividente giro estratégico que permitió al PSOE llegar al poder y cambiar muchas cosas: no todas las que había prometido ni todas las que esperaban quienes le votaron, pero sí muchas, tantas que estuvo gobernando ininterrumpidamente durante una década y media. ¿Y qué piensa de todo esto Podemos como partido? Pues en realidad no piensa nada porque Podemos todavía no es propiamente un partido, aunque está dispuesto a serlo. Y puesto que están dispuestos y decididos a ello, deberían saber que convertirse en partido tiene un precio: siempre lo tiene, como lo tiene gobernar, casarse o tener un hijo, aunque se trate, es cierto, de un precio que la mayor parte de las veces vale la pena pagar. [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]INFLUIR Y GOBERNAR[/cita] La displicencia con que, rozando la mala educación, Pablo Iglesias ha rechazado la enésima mano tendida de Izquierda Unida ha irritado profundamente a muchos votantes de la federación que han acogido esperanzados la creación de la plataforma Ahora en Común: un proyecto embarazoso para la formación morada porque vendría a ser algo así como el Podemos que le ha salido a Podemos. La razón por la cual Iglesias ha respondido de manera tan fea, destemplada –recuérdese su expresión: ‘pitufos gruñones’– e incluso inconveniente para los propios intereses de Podemos es que Ahora en Común toca un nervio central y particularmente sensible del partido que preside Iglesias, pues lo obliga a tomar una decisión ante la comprometida encrucijada de marras: ser más PSOE que IU o ser más IU que PSOE. En el primer caso es probable que llegue a gobernar y el segundo es probable que solo llegue a influir. Otra cosa es que haya un altísimo porcentaje de sus votantes que siga pensando que Podemos está situado mucho más a la izquierda que el PSOE y más incluso que la propia IU. Es ese altísimo porcentaje el que Pablo Iglesias e Íñigo Errejón quieren rebajar a toda costa, y de ahí que aliarse con la plataforma auspiciada por IU sea contraproducente para alcanzar ese objetivo. Por eso la rechazan. [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]DE ENTRADA, NO[/cita] Ahora bien: del mismo modo que Podemos no es IU pese a que sus principales dirigentes vengan de IU, Ahora en Común –copiando astutamente el modelo morado– tampoco quiere ser identificada con IU pese a que sus principales promotores sigan siendo de IU. Esa táctica de rizar el rizo de la propia identidad –o de camuflarla por razones de ‘realpolitik’ electoral– hace a su vez más difícil la decisión de Podemos, cuyo sincero 'no' inicial puede acabar convertido en un taimado 'de entrada, no'. Y eso por no entrar a evaluar otros riesgos, alargados como sombras al atardecer, que también acecharían en el horizonte si finalmente Ahora en Común concurre en solitario a las legislativas de finales de año. Por ejemplo estos dos riesgos: uno, los potentes medios de comunicación de la derecha tratarían de manera muy, pero que muy generosa a Ahora en Común para perjudicar así a Podemos; y dos, que al nuevo partido le dé por buscarse un candidato con inequívoco tirón popular. Teniendo como cabeza de cartel a su propia Carmena o su propia Colau, los antiguos pitufos gruñones pueden darle bastantes disgustos electorales a Podemos. No es, pues, imposible que Pablo, heresiarca de sí mismo, se vea obligado a viajar de nuevo a Damasco y a mitad de trayecto se caiga del caballo del No y abrace otra vez la fe de la Confluencia. [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]HAMLET FRENTE A HOBBES[/cita] Se avecina una larga e interesantísima batalla, pues es obvio que el PSOE no va a estarse quieto ni va a dejarse así como así robar la preciada bolsa de sus votantes del ala izquierda, como erróneamente ha venido haciendo IU en las últimas y en las penúltimas elecciones. Los socialistas deben pensar que ellos ya hicieron su doloroso tránsito hacia la madurez al abandonar el marxismo en 1979, aunque ciertamente se les acabó yendo un poco la mano: bueno, un poco bastante. Ese fue su momento crítico, el punto de inflexión en que deciden convertirse en un partido que, además de hablar, quiere gobernar. Podemos está en un trance semejante. Un trance donde la pregunta no es la de Hamlet sino la de Hobbes: la cuestión no es ser o no ser, sino gobernar o no gobernar. Aunque también es verdad que, a fin de cuentas y para cualquier partido, contestar a la segunda pregunta es una forma –otra más– de contestar a la primera.