Cuando, el martes, todo parecía estar resuelto, de pronto el miércoles dejó de estarlo. O parecía que dejaba de estarlo. Habitualmente sin sobresaltos informativos en materia política, la Semana Santa está siendo para Podemos más movida de lo que sus dirigentes hubieran deseado. ¿El motivo? Las discrepancias entre Madrid y Sevilla a propósito de las negociaciones para la investidura de la candidata socialista Susana Díaz. No se trata de diferencias de fondo, pero tampoco son meramente “terminológicas”, como las calificaba el martes la dirigente nacional Carolina Bescansa. Como se recordará, la cabeza de lista de Podemos en las autonómicas, Teresa Rodríguez, puso tres “condiciones” para apoyar la investidura: la dimisión inmediata de los expresidentes Manuel Chaves y José Antonio Griñán, la reducción drástica de altos cargos y asesores y que la Junta deje de trabajar con los bancos que desahucien a familias sin recursos. La dirección nacional rebajó a simples “propuestas” las condiciones de Rodríguez, ésta se mantuvo en sus trece y Madrid rectificó: lo planteado por Podemos para apoyar la investidura volvían a ser duras exigencias, no simples elementos para negociar. UNAS PEQUEÑAS VACACIONES Dado que las diferencias de criterio van a seguir existiendo y tampoco se trata de un problema dramático, la opción más razonable era dejar enfriar el asunto. O dicho de otra forma: dejar de hablar de él. Ese era el acuerdo entre ambas partes: guardar silencio el resto de la Semana Santa y volver sobre el asunto al término de las fiestas. Por eso sorprendió tanto que ayer el cabeza de lista por Málaga, Félix Gil, diera una rueda de prensa para remover de nuevo unas aguas que había costado no poco tranquilizar y que había convertido a Podemos en noticia en todos los medios. "Nadie puede ir a una negociación diciendo éstas son mis condiciones y son las únicas que hay. En cualquier negociación todas las partes ponen propuestas; Susana Díaz también nos dio unas propuestas", fueron las palabras del diputado malagueño, periodista prejubilado de TVE. SÍNTOMAS DE UNA DOLENCIA Las afirmaciones de Gil resultan desconcertantes no por el propio contenido de las mismas, sino por el hecho de que se producen en el marco de ese pequeño lío que Podemos se ha hecho a sí mismo a la hora de precisar en qué términos exactos plantea la negociación con los socialistas. En todo caso, la relevancia no radicaría tanto en el embrollo, relativamente inocuo, como en lo que tiene de síntoma de una dolencia interna de Podemos cuyo alcance es difícil de prever, pero cuyas causas hay que buscarlas en el hecho de que la formación que lidera Pablo Iglesias es, todavía como algunas páginas web, un partido en construcción. Los buenos resultados en las elecciones europeas de 2014 convencen a sus dirigentes de que Podemos estaba llamado a ser mucho más de lo que ellos mismos habían previsto inicialmente. A partir de ahí todo se aceleró. A TODA MÁQUINA Y si ya era mucha la aceleración natural derivada de la urgencia de tener que armar y extender en muy poco tiempo por todo el territorio unas nuevas siglas de cara a las generales, el adelanto electoral decidido por Susana Díaz obligó al partido a multiplicar su velocidad de construcción. Era inevitable que hubiera desajustes. En cuestión de semanas había que crear los órganos de dirección, elegir dirigentes, buscar candidatos, elaborar un programa, perfilar las ideas, engrasar los argumentos, formular las estrategias… Podemos se ha visto obligado a improvisar y corre el riesgo de pagar un elevado precio por esa improvisación por lo demás imposible de eludir. En un partido convencional, da igual si de izquierdas o de derechas, no habría ocurrido lo que ha ocurrido en Podemos con un asunto tan importante como la investidura: importante por el hecho político mismo e importante porque es el primer gran acontecimiento institucional que Podemos va a tener que gestionar. UN PARTIDO JOVEN NO SE PUEDE EQUIVOCAR ¿Qué significa eso? Significa, sencillamente, que no se puede equivocar. Significa que equivocarse puede ser letal para un partido naciente porque ese error proyectaría una imagen y una idea de Podemos de consecuencias virtualmente muy negativas. Recuérdese, hablando de partidos nuevos, que la UPyD de Rosa Díez solo habría cometido, en principio, el error aislado de no haber querido pactar con Ciudadanos: pues bien, ese error puede acabar con el partido y con su propia fundadora. Para un partido viejo un error así no sería determinante; para un partido nuevo puede ser mortal. Si Podemos sube demasiado su apuesta en la partida de la investidura de Díaz, puede encontrarse con que el PSOE no sea capaz de igualársela, se bloquee así la elección de la ganadora indiscutible de las elecciones y Podemos gane una sesión de cartas envenenada: una sesión donde lo ideal habría sido empatar. Sería un error correr ahora el riesgo de una victoria estéril, si es que no algo peor que estéril. Otra cosa bien distinta es que hubiera otro candidato verosímil para ser investido presidente. LOS DEBERES DEL ÉXITO Pero las palabras de Gil son también síntoma de que Podemos todavía no es un partido en sentido estricto, es decir, una organización internamente cohesionada donde la disciplina es importante porque si no lo fuera el partido no tendría futuro alguno. Hasta hace solo unos meses era un fenómeno: ahora ha dejado de ser un fenómeno, pero todavía no es un partido. ¿Sus 15 diputados andaluces forman un bloque cohesionado? ¿Están de acuerdo, por ejemplo, en cómo afrontar la investidura? Desde luego, Félix Gil no está de acuerdo con Teresa Rodríguez. Los demás, no se sabe. Podemos puede morir de éxito en el sentido de que el éxito conlleva obligaciones que el fracaso nunca imaginó. En política, el fracaso otorga una libertad que el éxito arrebata sin piedad. Podemos ha abandonado la órbita de ese planeta irrelevante pero acogedor que es el fracaso para incorporarse a la órbita de la cálida e inconfundible estrella solar que es el poder. Un espacio con el que sueñan todos los partidos, pero donde es fácil quemarse.