Hay guerra civil en el Partido Socialista. No por abajo pero sí por arriba. ¿Demasiado dramático hablar de guerra civil? Según se mire: por ahora, el perímetro bélico se circunscribe a los órganos de dirección de partido, pero no es imposible que se acabe trasladando a la fiel infantería, que se siente entre anonadada y perpleja ante unas informaciones y unos análisis que más que informaciones o análisis son en realidad partes de guerra, cuya característica principal no es tanto tomar partido o incluso mentir como escamotear información. La primera víctima de una guerra civil no es la verdad, sino la moral. Y también la justicia, claro, pero la justica es una derivación de la moral, su división acorazada, podríamos decir. Todo son juicios sumarísimos entre quienes opinan sobre la contienda socialista. La Mala Díaz y Pedro el Bueno. Iscariote Sánchez y La Salvadora. Bueno, digamos que es parte del juego de la guerra. Pero ¿quién tiene verdaderamente razón?, se pregunta el militante de a pie. Pues que deje de preguntárselo: solo sabremos quién tenía razón cuando acabe la guerra. Por supuesto, apenas hace falta decirlo, la tendrá el vencedor. [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]UNA GUERRA DE VERDAD[/cita] Ahora bien, yerran quienes sostienen que esta es una guerra de personalismos o un combate descarnado por el poder interno en el Partido Socialista. Al contrario: esta es una guerra civil de verdad, y es justamente eso lo que la hace tan apasionante para los observadores. Es tan de verdad que la marcha atrás ya es imposible; es tan de verdad que lo que está en juego en ella es tal vez la supervivencia misma del Partido Socialista. En principio, Pedro Sánchez y los suyos juegan con una cierta ventaja porque saben lo que quieren, mientras que los barones enemigos solo saben lo que no quieren. Sin entrar en otra clase de consideraciones de carácter orgánico o incluso personal, Sánchez cree que es deseable para el PSOE y para España pactar con Podemos un Gobierno de izquierdas, cuyo mal menor es que habría de contar con el consentimiento tácito o expreso de grupos independentistas. Por su parte, los barones solo saben que no quieren un pacto con Podemos, y no lo quieren porque piensan que Podemos se propone acabar con el PSOE y porque interpretan que el consentimiento de los separatistas sería un mal mayor, no un mal menor. Simultáneamente, ambos bandos se acusan de ambición, deslealtad y egolatría, pero tales acusaciones no son relevantes a efectos del análisis de la guerra propiamente dicha, aunque sí puedan serlo a efectos de convivencia y cohesión del partido. [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]UN ARGUMENTO COLATERAL[/cita] En el fondo, el factor territorial como línea roja impuesta por el Comité Federal es un argumento sobrevenido: no es que no sea un argumento sincero, es que es un argumento colateral, de segundo grado, un argumento subordinado al argumento central, que es el relativo a Podemos. Si los escaños del PSOE y los de Podemos sumaran mayoría absoluta o se acercaran a ella sin necesidad de contar con ERC o DiL, los barones socialistas y muchos militantes seguirían sin fiarse de Podemos como socio para el Gobierno de España. ¿Tienen buenas razones para no fiarse? ¡Por supuesto que las tienen! Y si no las tenían, ya se ocupó Pablo Iglesias de dárselas en su -tan desahogada como equivocada- rueda de prensa del viernes 22 de enero. Que la oferta de Pablo Iglesias ha agudizado las contradicciones internas del PSOE es obvio, pero las ha agudizado porque ya estaban ahí. El problema no es que Podemos quiera matar al PSOE: el problema es que Podemos ya está matando al PSOE, que lo estaba matando mucho antes de que el ‘vicepresidente’ Pablo Iglesias se pusiera estupendo nombrando ‘presidente’ a Pedro Sánchez. [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]LOS FACTORES OBJETIVOS[/cita] Más allá, pues, de los siempre sórdidos factores subjetivos, los factores objetivos de la contienda civil son estos: los dirigentes de Ferraz (y muchos votantes y muchos militantes) piensan que solo inclinándose hacia su izquierda logrará el PSOE desactivar los peligros que lo acechan, mientras que los dirigentes de Andalucía, Extremadura o Aragón (y muchos votantes y muchos militantes) piensan que la estrategia de gobernar España con Podemos conduce al PSOE a la ruina. ¿Pero acaso lo que vale para Castilla-La Mancha, Aragón o Valencia no vale para España?, preguntan aquellos. De ninguna manera, contestan estos. En todo caso y acabe como acabe el conflicto, el PSOE es hoy un partido roto. No roto por abajo, pero sí por arriba, y no hay duda de que los gritos, las intrigas, los reproches y las conspiraciones en el estado mayor del ejército llegan con toda nitidez a oídos de la tropa sembrando en ella la semilla letal del desánimo y la división. [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]BANDERAS INCENDIADAS[/cita] El PSOE es hoy un partido abierto en canal, pero quienes lo desgarran no son Susana Díaz o Pedro Sánchez: ellos serían únicamente meros ejecutores de un destino que los sobrepasa. El desgarramiento socialista proviene de haber constatado su impotencia para contrarrestar de manera creíble y efectiva el imparable proceso de destrucción de las políticas de progreso económico e igualdad social perpetrado en los últimos años en España y en toda Europa. Los socialistas europeos contemplan desolados cómo se incendian sus banderas pero no saben cómo apagar el fuego. Está pasando y los votantes socialistas lo están viendo. Esa es la razón principal de que tanta gente haya abandonado al PSOE en favor de Podemos. Puede que el partido morado no ofrezca soluciones viables, pero al menos ofrece un aullido, un desplante, un puñetazo: tal vez no sean las mejores credenciales para gobernar España, pero sí lo son para destruir al PSOE.