Hay cerdos y cerdos, y como ocurre entre los hombres, a veces los mejores de ellos mueren pronto. Es lo que le ha ocurrido a un lechón de Vilches, en Jaén, que ha nacido con dos caras, lo cual le empezaba a dar una gran notoriedad, pero el pobre ha fallecido con apenas 24 horas. Todo lo contrario que suele suceder con innumerables cerdos de los otros, los pertenecientes a la raza humana,  que duran y duran y duran... Ahí está, sin ir más lejos, el primer ministro húngaro, que si por él fuera enviaba a cierto a todos los sucios inmigrantes sirios que cruzan las cristianas fronteras de Hungría camino de Alemania con su Corán bajo el brazo. Como el cerdo de Jaén, Viktor Orban también tiene dos caras: la de hombre y la de animal. El lechón de dos caras que nació este martes en una granja porcina de Vilches ha muerto finalmente después de que sus cuidadores solo lo hayan podido mantener con vida unas 24 horas, según ha informado a Europa Press, José Angulo, empleado de las instalaciones ganaderas. Angulo ha explicado que el lechón formaba parte de una camada de 16 ejemplares y admitía que no han llegado a ponerle nombre. Fue retirado en cuanto se dieron cuenta de la malformación que presentaba para así evitar que la madre se deshiciera de él. Es lo que tienen cerdos como él, que sus malformaciones se ven a la primera; seguro que cuando Orban nació nadie adivinó la malformación racista que se ocultaba entre los grasientos pliegues de su alma porcina. Mejor que haya muerto pronto el de Jaén. Al pobre le habría esperado una penosa vida de sufrimientos y, lo que es peor, de platós de televisión. Más que un cerdo, habría acabado siendo un espectáculo. En cambio, gente como Orban –o como el dirigente británico que se mofó de lo bien vestido que iba a pequeño Aylan ahogado días atrás cuando viajaba hacia Europa– son capaces de ser hasta tres cosas al mismo tiempo con toda naturalidad: un  hombre, un cerdo y un espectáculo. Y además suelen tener una larga vida, no como el cerdo sin nombre de Vilches.