¿Quieren sus adversarios acabar con Podemos? No más de lo que Podemos quiere acabar con sus adversarios. La diferencia está en que el armamento del partido morado se limita a un puñado de armas cortas que además suelen encasquillarse, mientras que el de sus adversarios es artillería de largo alcance y última generación. Ahora bien, y sin ir más lejos, yerra en su análisis Juan Carlos Monedero al atribuir en exclusiva a las maniobras de sus enemigos el ruido informativo de estos días en torno a Podemos. De hecho, de su análisis publicado ayer en Público.es parece desprenderse más bien que en Podemos no está, en realidad, pasando nada. El problema de las tensiones y diferencias que hay en Podemos –y que Monedero o no advierte o simula no advertir– es que no son de naturaleza táctica, organizativa o incluso meramente instrumental, sino que son de naturaleza inequívocamente ideológica, es decir, identitaria. [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]QUÉ SER DE MAYOR[/cita] El partido morado todavía no ha respondido a la pregunta de qué quiere ser de mayor: se trata de una pregunta que es irrelevante cuando se tienen 500.000 votos pero crucial cuando se tienen cinco millones. Cuando se tienen todos esos votos solo cabe hacer con ellos dos cosas: utilizarlos para gobernar o utilizarlos para molestar. Eso es lo que, en el fondo, Podemos no ha decidido todavía, más allá de cuánto puedan los medios de la derecha amplificar los efectos colaterales que ese dilema tiene para un partido genéticamente vinculado al movimiento de protesta del 15M. Hasta ahora, Podemos viene manteniendo la ficción de que es un solo partido, pero no lo es. Hoy mismo ha vuelto a repetirlo Íñigo Errejón. En realidad, ni siquiera es propiamente un partido... todavía. Está intentando serlo y sus adversarios, lógicamente, están haciendo todo lo posible para que fracase en el intento. [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]CARMENA Y COLAU[/cita] Las declaraciones de Carmena días atrás a todos los medios u hoy a Monserrat Domínguez en el Huffington Post son la expresión de esa doble alma que la dirección de Podemos intenta simular que no existe. Más allá de a cuál de las dos prefiera cada uno, no es lo mismo Ada Colau que Manuela Carmena: oyendo sus palabras, viendo sus gestos, analizando sus talantes o revisando sus prioridades se diría que pertenecen a partidos distintos. Pero lo cierto es que las dos son Podemos, y no es que lo sean accidentalmente, sino que lo son genuinamente: otra cosa es durante cuánto tiempo van a poder seguir siéndolo. La declaración pública que hacían ayer mismo los Anticapitalistas, a los que pertenece la líder andaluza Teresa Rodríguez, sobre cuál ha de ser la estrategia de Podemos en relación a la investidura de Pedro Sánchez y a la repetición de elecciones no tiene nada que ver con lo que piensa Carmena. ¿Que Carmena no es nadie orgánicamente en Podemos? En efecto, no lo es. El problema es que electoralmente lo es todo y que sin ella Podemos no habría conquistado la Alcaldía de Madrid. [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]CAÑAMERO Y PÉREZ ROYO[/cita] ¿Durante cuánto tiempo pueden convivir en un mismo partido un Íñigo Errejón que intenta fichar a Javier Pérez Royo para su cartel electoral y una Teresa Rodríguez que intenta hacer lo mismo con Diego Cañamero? Aunque en el ámbito de la izquierda, Pérez Royo y Cañamero están en las antípodas y por eso es tan significativo que dirigentes muy relevantes de un mismo partido quieran contar con ellos al mismo tiempo. Probablemente Monedero pensará que el caso Pérez Royo/Cañamero es una anécdota y no una categoría. O puede incluso que piense que no hay tal caso: si así lo piensa, si artículos como el que escribía ayer en Público son sinceros y no meramente instrumentales, entonces Podemos tiene el problema añadido de negarse a ver el problema. No quiere todo esto decir que Podemos vaya a romperse mañana. O que vayan a diluirse sus cinco millones de votos de la noche a la mañana. Es más: puede seguir teniendo esos cinco millones y aun algunos más en sucesivas elecciones, pero a condición de que los siga destinando a molestar (dicho en el mejor sentido de la palabra ‘molestar’) y no a gobernar (dicho en el mejor –bueno, y en el peor– sentido de la palabra ‘gobernar’). Digamos que con Pérez Royo y Diego Cañamero en una misma candidatura electoral puedes estar indefinidamente en la oposición pero no puedes estar ni un solo día en el Gobierno. O te quedas con uno o te quedas con otro, pero con los dos es imposible si tu vocación es gobernar y no solo protestar. Todos los problemas que tiene Podemos vienen, en el fondo y resumiendo mucho, de ese endiablado dilema.