A la Iglesia le cuesta dejar de ser la Iglesia. La inercia de toda institución suele ser directamente proporcional a su miedo: cuanto más miedo tiene a perder poder, influencia, identidad, futuro… más se resiste a enterrar sus viejos tics, sus prejuicios, sus costumbres, sus pecados. La Iglesia lleva tantos siglos mirando hacia otro lado en la tenebrosa cuestión de los abusos a menores que le cuesta Dios y ayuda hacer otra cosa distinta que mirar hacia otro lado. Ni aunque así se lo demande el nuevo papa Francisco. Los pontífices pasan pero las tradiciones permanecen. Cuando, en abril pasado, el sacerdote Ignacio Mora fue apartado de la parroquia de Villanueva del Duque tras su arresto por la Guardia Civil acusado de un delito de abusos sexuales a una niña de 10 años, el Obispado de Córdoba hizo lo que, antes de la irrupción de la teoría de la casta, venían haciendo todos los partidos políticos cuando cogían a uno de los suyos con las manos en la masa: condenar genéricamente el pecado, abstenerse de pronunciar el nombre del pecador y enviarlo sigilosamente a un destino lo más discreto posible. [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]PAROLE, PAROLE, PAROLE[/cita] El Obispado dijo que lo que se esperaba que dijera: “La Iglesia tiene mucho interés en defender, proteger y salvaguardar todos los derechos de los menores y establece el criterio de tolerancia cero para los casos de abusos”. Y añadía: “Desde el momento en que las autoridades nos han notificado la detención de este sacerdote, el Obispado ha manifestado a los órganos competentes su voluntad de leal colaboración para que resplandezca la verdad de los hechos (…) Rechazamos toda conducta delictiva en este y en todos los campos, y estamos de parte de las víctimas”. Cuatro meses después nos enteramos de que ‘el criterio de tolerancia cero para los casos de abusos’ consistía únicamente en eso, en difundir una nota de prensa diciendo que la Iglesia aplica ‘el criterio de tolerancia cero para los casos de abusos’. La tolerancia cero del Obispado consistía en trasladar sigilosamente al cura Mora de parroquia, y ello sin advertir a los vecinos con hijos pequeños de lo peligroso que puede resultar que los niños se acerquen al nuevo párroco y queden al alcance de sus largas manos. ‘Dejad que los niños se acerquen a mí’, proclamaba Jesús de Nazaret. ‘Haced que los niños se alejen de mí’, debería proclamar Ignacio Mora. [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]NINGUNA OVEJA SIN PASTOR[/cita] La Iglesia de Córdoba no ha hecho, por lo demás, nada contrario a lo prometido de manera literal en su comunicado. ¿Acaso dijo entonces que jamás trasladaría al cura a ninguna otra parroquia? ¡En absoluto! Solo dijo –releed bien la nota, oh taimados pecadores– que rechazaba toda conducta delictiva, que aplicaría tolerancia cero, que colaboraría para que resplandeciera la verdad, que defendería los derechos de los menores… pero en ningún momento, ¡en ninguno!, dijo que dejaría al párroco abandonado a su suerte, sin parroquia ni destino, como perro sin amo, oveja sin pastor o pecador sin refugio. El Obispado se ha limitado a practicar la caridad cristiana con su oveja descarriada. ¿O qué pretendíais, viles descreídos, ateos irredentos, que hubiésemos dado la espalda a uno de los nuestros, que lo hubiéramos negado como Pedro negó a Cristo para regocijo de todos vosotros? ¿Acaso no merecía el hermano Ignacio una segunda oportunidad, bueno, mejor dicho una tercera oportunidad puesto que ya le dimos la segunda al perdonarle aquel pasado suyo un poquito terrorista por el que fue condenado a seis años de cárcel? [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]EL PAPA CONTRA LA CASTA[/cita] Viendo, en fin, la conducta de la Iglesia en este y en otros graves casos –como el del hermano mayor de una cofradía de Sevilla también acusado de abusos– no cabe más remedio que preguntarse cuánto manda realmente el pastor Francisco en su revuelto rebaño. Una pregunta esa que conduce directamente a esta otra: ¿durante cuánto tiempo más seguiremos respetando al nuevo Papa quienes, ajenos a la Iglesia pero no sus enemigos, creímos de buena fe que venía a acabar con las inercias de esa casta que durante tanto tiempo ha dominado la institución? ¿Acabará el propio Francisco convertido él mismo en casta, abducido por la poderosa burocracia de ese vastísimo imperio que él cree gobernar pero a cuyas regiones más remotas apenas logra llegar, como en los relatos de Kafka, un tenue y casi inaudible eco de sus bienintencionadas órdenes? En fin, Dios perdone al Papa de Roma, al obispo de Córdoba y al cura de los Pedroches, porque los vecinos de Espiel o de Villanueva del Duque no van a perdonarlos tan fácilmente. Sobre todo si tienen niños de unos 10 años.