Miedo me da asomarme a un periódico, pinchar en un titular y ponerle una inyección a La Nube, sintonizar un noticiario radiofónico o un telediario e incluso inspeccionar la pequeña pantalla -me refiero , claro, a la del móvil, porque ya hay teles como un Camp Nou y celulares como tartas de cumpleaños en película de gansters- porque, solo con hacerlo, se me abren las carnes. Por cierto que esa expresión de las carnes abiertas la aprendí en Sevilla, en los cincuenta, donde a un amigo mío -tan amigo como flamenco- se le abrían venturosamente con frecuencia las madres del cante, como a las tonadilleras las carnes y las "sentrañas" , y no he vuelto a replanteármela semánticamente hasta hace cinco semanas cuando sufrí el percance doméstico de tropezar y caer de bruces cuan largo [¿?] soy y sentir desde entonces un paradójicamente agudo dolor de riñones y cintura al que más de una persona conocida e informada del lance se refirió diciendo que se me debían haber abierto las carnes, cosa que intuitivamente interpreté como que, del golpe frontal, se me habían conmovido y separado las partes blandas posteriores de la osamenta que, paradójicamente y gracias a la ingesta frecuente y reiterada de calcio y otras vitaminas, no sufrió más fractura ni daño en muñecas, brazos, rodillas e incluso en el careto que una heridilla en el codo derecho, otra en la punta del dedo gordo del pie izquierdo y la lumbalgia antedicha. Y en efecto, así de impedido (aunque no de impotente) me sentí desde el aterrizaje casi benévolo en la tarima flotante, que me ha tenido más de un mes en un grito y locomotrizmente dependiendo de próximos y ajenos para componérmelas en mis necesidades materiales más elementales; hasta que el otro día, casi sin consciencia del fenómeno, me desperté con las carnes cerradas y pegadas al esqueleto y pudiendo medio moverme con poco dolor, girarme en el lecho conyugal y levantarme y dejarme caer autónomamente del mismo, como si las carnes se me hubieran readherido a los huesos y cerrado conveniéntemente tanto en sí mismas como en sus desgarros mutuamente distanciatorios. Decía esto porque, de un tiempo a esta parte, las noticias que circulan por este mondo cane cada vez más mundial [-izado] me sobrecogen y hacen que se me abran las carnes del alma y me las dejen a ellas y a mí, ay, en carne viva y en un puritito grito. Lo de la niña refugiada en Alemania que lloró ante la incompasividad de Angela Merkel; lo de los asaltos desesperados a toda clase de vehículos colectivos por tierra, mar y aire de las turbamultas que huyen de las persecuciones y los conflictos bélicos, como si no se hubieran terminado la I y la II Guerra Mundial, la de Corea, la del Vietnam o la de los Balcanes; como si las madres de todas las batallas siguieran pariendo cascadas y cascadas de desastres bélicos que solo Goya hubiera podido soñar en sus peores pesadillas; como si la imbecilidad y la crueldad humanas no tuvieran principio ni fin. Y no nos basta con los enfrentamientos multitudinarios sino que ahora los compartimos con los individuales y casi impotentes e indiscriminados que provoca el terrorismo y con los selectivos de alta tecnología (misiles de larga distancia, armas espaciales casi galácticas, drones, etc.) como esas norteamericanas que han pulverizado el otro día en Afganistán un modestísimo hospital de Médicos Sin Fronteras [MSF] matando dos decenas de sanitarios voluntarios, otras tantas de enfermos y no se sabe si a algún insurgente infiltrado según el Pentágono en el cochambroso edificio que pareció haber justificado tan larga y grave nómina de daños colaterales. Tampoco la cosa queda ahí. Los rusos están aprovechado para misilear desde su territorio y desde las proximidades marítimas de Turquía numerosos enclaves del Estado Islámico en Siria y no pocos de la resistencia antiprorusa en Ucrania y especialmente en sus antiguos territorios de Crimea. Para no hablar de las acciones bélicas selectivas y a distancia de Turquía, China, India, Irán, Francia, Reino Unido, Japón y sin olvidar a Aznar y Federico Trillo en aquella inenarrable estulticia militar y diplomática de Peregil. ¿Cómo habrá fronteras, a pesar de los nacionalismos estultos, para los misiles, si no las hay en las comunicaciones, la observación y la información, la expansión de plagas y epidemias o la extensión ad infinitum de todo lo bueno, lo malo y lo regular que en el mundo existe? Lástima que a los poderosos, que pintan y borran las fronteras, como en Polonia, Alemania, Korea, Israel o la Unión Europea, se la traiga tan al pairo que existan oficialmente. Como la Justicia Internacional, los Derechos Humanos, la paz mundial y el medio ambiente. Eso son tonterías de quienes nos lo cogemos con papel de fumar o se lo secan con un albornoz estirilizado de seda natural distribuidos por los circuitos comerciales de los negocios sin fronteras [NSF]. Por eso, el juez de la Audiencia Nacional le ha devuelto a Rodrigo Rato el pasaporte aunque le haya paliado el auto solo con algunas restricciones insignificantes. Donde casi no hay misiles y la Sanidad sufre un acoso tan insoportable como monumental, todavía quedan los salvoconductos para justificar las siglas de otra nueva ONG: Chorizos Con Pasaporte [CCP].