Mañana (el pasado jueves, 15 de los corrientes) si el tiempo no lo impide e Iberia lo permite, salí (o habré salido) desde Granada hacia Roma, en piadosa peregrinación invernal, movido por lo económico de los precios de la temporada baja y por el atractivo cultural de la sentencia italiana (Roma veduta, fede perduta) que no había logrado entender hasta mi primera visita a la Ciudad Eterna, hace ahora una década, cuando descubrí el poder demoledor de las riquezas vaticanas. Lo de la peregrinación (somos pareja, como en la canción musicada por Lorca, aunque, eso sí, en edad mediana) nos ha hecho salir para Roma con la esperanza de solicitar al Papa Francisco una entrevista pública o privada donde convencerlo de la inutilidad de trasladar al arzobispo Martínez de estos lares nuestros, donde hay un pago próximo a Chauchina y Chimeneas llamado Romilla, con un palacete señorial adjunto, que bien podría servir para remansar y desfogar al tan goliardesco arzobispo y para recluirlo en plan demérito hasta el fin de sus días, proporcionándole una corte servicial no demasiado pomposa y unas comodidades suficientes aunque no demasiado ostentosas en su entorno diario. Todo ello podría pagarse sobradamente con los estipendios que dictamina el Concordato y aun ampliarse para dotar de un obispo verdadero a la diócesis granadina, cosa que dejamos a criterio eclesiástico por ser nosotros laicos y ayunos de opinión canónica. También podría servir a tales fines la conocida quinta de El Soto de Roma, próxima a Valderrubio y Fuente Vaqueros, donde se celebran bodas de mucho ringo rango por lo privado y allí podría el señor Martínez, asomado a los saraos nupciales desde sus apartados aposentos, disfrutar en secreto del boato festivo y recordar sus buenos tiempos sin dañar al conjunto de su antigua feligresía. Así se evitaría la contaminación de este sujeto a otras zonas de la Cristiandad a donde fuera trasladado (en plan castigo) consiguiendo pasar desapercibido, bien que ello solo sería posible en un primerísimo tiempo, pues la gente no es tonta y pronto estaría al loro de sus nefandas tendencias a la prodigalidad y al ideario extremadamente conservador, cuando no claramente integrista. Otrosí digo que, si el Papa Francisco nos recibiera, le advertiríamos gustosos de los peligros que corre en el Vaticano y de que, si el recuerdo de lo que le ocurrió a Juan Pablo I no basta para escarmentarlo (aunque ya sabemos que ha trasladado su residencia extramuros de la tradicional de los Papas, no acepta cafés con leche ni infusiones en San Pedro y, últimamente hasta desconfía de los grifos palaciegos) continúe en esa misma línea, solo consuma repostería popular de la monja mediática argentina amiga suya esa, que se ha instalado en Cataluña y anda por toda España de la Ceca a la Meca, de congreso en simposio y de plató en plató pavoneándose de lo mucho que la Cristiandad le debe a Messi y al Barça y lo poco que le adeuda a Cristiano Ronaldo quien además se llama así porque su padre, cuando él nació, era forofo de Ronald Reagan y no como el Papa actual que es culé. El resto del tiempo de nuestro viaje lo dedicaremos a patear Roma, ciudad Eterna porque, como dicen los Romanos, nunca se acaba de conocerla como Dios manda y, en especial, a extasiarnos como santa Teresa ante el grupo escultórico de Bernini donde se representa su éxtasis arcangélico y a visitar las ruinas de Pompeya, célebre por lo bien que se han conservado los edificios públicos, el conjunto de su caserío y los objetos de uso cotidiano que estaban junto a sus dueños cuando fueron cogidos in fraganti por las cenizas del Vesubio. Así se debieron quedar Rajoy y Aguirre y Cospedal cuando conocieron la cantidad de altos cargos públicos del PP que habían sido sorprendidos por la justicia y la policía madrileñas con las manos en la masa. Y lo que te rondaré, morena, cuando el juez Ruz termine su trabajo, si lo dejan; la jueza Alaya se entere de lo que hizo su marido (¡arsa!) en el Real Betis Balompié y el Pequeño Nicolás largue lo que conoce sobre los entresijos del poder.