La mercadotecnia lo tapa casi todo. Puede convertir en éxito aparente lo que ha sido un fracaso de magnitud. El congreso del PP en Sevilla buscaba, entre otros honorables objetivos, catapultar a Javier Arenas en su cuarta tentativa electoral a la Presidencia de la Junta de Andalucía. Muchos parabienes de sus cuates, mucha fanfarria y exceso de papel de celofán con lazos. En teoría, el dirigente andaluz ha mantenido sus posiciones en el organigrama pepero. Ésa es la teoría. En la práctica ha perdido con María Dolores de Cospedal en su enconada disputa por el control del partido. La presidenta castellano-manchega ha frenado las aspiraciones de Arenas de conquistar poder en el aparato de Génova y se ha convertido en la guardesa exclusiva del cortijo conservador. Ansiaba el andaluz ser nombrado coordinador general y Cospedal no ha querido nadie que le siegue la hierba bajo los pies en sus inevitables ausencias institucionales.


La segunda derrota se ha fraguado en el debate interno sobre la reforma laboral. Arenas planteó a Rajoy una modificación equilibrada del marco de relaciones laborales con las urnas a la vuelta de la esquina. No porque no esté de acuerdo con el brutal hachazo infligido a los derechos de los trabajadores y al modelo social construido con la democracia, es que no quería elementos que distorsionaran su campaña electoral hasta el 25 de marzo. Triunfó la tesis del ministro De Guindos de impulsar una reforma agresiva y salvaje y el jefe de la oposición andaluza salió perdedor del pulso. Los resultados están ahí: despidos fáciles y baratos, dinamitada la negociación colectiva y manga ancha para los empresarios para modificar condiciones laborales y salariales. Un auténtico misil a la línea de flotación al derecho laboral y al estatuto de los trabajadores.


Para otro día dejaremos los tres varapalos electorales cosechados por Arenas en 1994, 1996 y 2008 como cartel electoral de la derecha en las autonómicas. Ya habrá tiempo para eso.