Hace ya seis semanas desde que el electorado español fue llamado a las urnas para elegir a sus representantes en el Congreso de los Diputados y en ese limbo institucional que es el Senado, mitad carne y mitad pescado entre la representación territorial, la cámara de segunda lectura y la nada más absoluta de un cajón de sastre donde cabe el todo de quienes todo lo fueron y ahora buscan cobijo ante la justicia y la nada de quienes han sido descartados del ranking oficial y esperan la amortización definitiva en la próxima legislatura. En este mes y medio que ahora termina hemos tenido tiempo para reflexionar sobre el resultado global de los pasados comicios (la gente quiere cambios sustanciales al monopolio absoluto del PP) y las lecturas algo más parciales pero no por ello menos importantes (el equilibrio de fuerzas obliga al acuerdo más o menos consensuado y el aislamiento de una derecha que ahora sigue sufriendo el constante estallido de casos de corrupción en sus filas, lo que la imposibilita para liderar ninguna fórmula de gobierno mínimamente estable). El resto son patrañas y brindis al sol que a pocos convencen aunque movilicen a muchos para hacérnoslas tragar. Así el desfile, tan vergonzante como patético, de antiguas glorias de la política, ahora for ever en la definitiva reserva (Corcuera, Guerra, Narbona, Bono, Leguina y, hasta si me apuran, el mismísimo Felipe González) que toman y defienden en público posturas gratuitas para salir del difícil atranque institucional en que nos encontramos sumando factores insumables e infumables aunque aparentando un sentido común y un desinterés que maravilla por la falacia de su ausencia y de su gratuidad. Todas estas opiniones (o casi todas, como diría Rajoy) nos abonan a la tesis del acuerdo nacional y de la gran coalición por encima y por debajo de los colores y las ideologías porque se trata de salvar los muebles de la patria y, por eso, hay que recurrir a un gobierno de concentración o salvación nacional o a los apoyos tácitos o explícitos de una fórmula semejante que, de hecho, permitiera a la derechona corrupta y omnipotente perpetuarse en la administración de lo público después de los muchos despueses a que nos ha llevado su última y perversa mayoría absoluta. Y ello a cualquier precio, para que Rajoy se salga con la suya y se vaya de rositas de sus muchas responsabilidades. Bien está (aunque no lo esté, ni mucho menos) que el periodismo a sueldo cumpla ese papel de intoxicación de la opinión pública y de las audiencias con las falacias de su culposa opinión publicada. Bien, también, aunque eso no hay quien lo defienda, que los llamados agentes sociales, tengan prisa por resolver cuanto antes el nudo gordiano de la normalización constitucional, incluidos el gobierno, sus apoyos y un programa definitivo de las tareas administrativas que marque el rumbo y las metas nacionales e internacionales en estos tiempos de tanta zozobra y cavilación. Pero lo que no es de recibo es que nuestros viejos amigos y compañeros se dediquen a hacerle el trabajo sucio al enemigo haciéndose pasar por consejeros generosos y desinteresados desde la comodidad de sus puertas giratorias y el confort de sus consejos de administración. Y mientras sigue corriendo el tiempo real y la vida cotidiana se continúa  trufando de injusticias y desigualdades, cuando no de crímenes horrorosos, como ese de Vitoria en el que un desalmado abusador ha tirado por la ventana a su víctima indefensa de diecisiete meses con resultado de muerte y ha agredido a la madre con una violencia inaudita que exige acciones rápidas y eficaces (esas sí consensuadas por un gran acuerdo nacional contra la violencia de género) para desterrar esos comportamientos inadmisibles en una sociedad democrática de una vez por todas. Como urge poner coto a la corrupción sistémica en el seno de algunos partidos con responsabilidades de gobierno en todos los niveles de la administración para que la gente no identifique la política con la rapiña y el saqueo de lo público y no escuche ni dé crédito a personajes como Eduardo Zaplana, que en su día declaró estar en la política "para forrarse", emboscado entre antiguos ministros de uno u otro signo de nuestra democracia, pedir ahora la negociación y el acuerdo altruista entre tirios y troyanos para reordenar la vida pública sobre las bases de una auténtica regeneración, él que tanto y tan cínicamente mintió (...a lo mejor fue la ETA...) cuando ostentó y detentó las más altas responsabilidades públicas en época de José María Aznar. A ver si ya de una vez acabamos siendo valientes y discretos para decir la verdad en público y en privado y no manifestar una cosas cuando estamos pensando en otras y queremos confundir a las audiencias con falsas indignaciones y reclamos de una legitimidad y autoridad inexistentes. Es como cuando el arzobispo o el alcalde de Granada presumen de pastorear a sus respectivas clientelas desde la honestidad del desempeño de sus respectivos cometidos, ellos... Quien no los conozca que los compre. Por eso dicen que uno no acabará su mandato y el otro será llamado pronto a Roma.