La naturaleza acostumbra a mejorar al arte cuando se propone imitarlo. La increíble y triste historia del concejal Zapata y la derecha desalmada parece sacada directamente de ‘La broma’ de Milan Kundera. O incluso de ‘La mancha humana’ de Philip Roth. Guillermo Zapata es Ludwik Jahn. Guillermo Zapata es Coleman Silk. Como Jahn y como Silk, Zapata fue atrevido, burlón y, como tantos tuiteros, algo bocazas. Pero no es un criminal, ni un racista, ni un antisemita.

En la novela de Kundera, el protagonista es expulsado de la universidad y del Partido Comunista porque, en plena Checoslovaquia todavía estalinista, escribe en un tono irónico y juguetón una postal –que su remitente malinterpreta– donde lanza vivas a Trotsky y se burla del optimismo como opio del pueblo.

En la novela de Roth, el profesor Silk bromea sobre los alumnos que faltan mucho a clase diciendo sarcásticamente que podrían haberse “hecho negro humo”, lo cual es a su vez malinterpretado por un estudiante negro que desencadena la ruina académica del profesor con la inestimable colaboración de los principales estamentos civiles y universitarios de la ciudad.

El concejal Guillermo Zapata, ahora en el banquillo por la ceguera y el sectarismo de la justicia, se vio obligado a dimitir como concejal de Cultura del Ayuntamiento de Madrid por haber escrito cinco años atrás una serie de tuits con chistes sobre judíos y otras víctimas con los cuales pretendía al parecer ridiculizar los paranoicos excesos de la corrección política, de la cual acababa de ser víctima el cineasta Nacho Vigalondo.

El exconcejal de Ahora Madrid fue víctima de aquello mismo de lo que intentaba burlarse. Lo que el Zapata real tiene en común con los seres imaginarios de Roth y Kundera es que ninguno de los tres es nada de aquello que los demás dicen que es: Silk no es racista, Jahn no es anticomunista y Zapata no es antisemita.

No estamos ante sesudas y bien meditadas reflexiones de Zapata justificando el Holocausto o los atentados de ETA. Estamos más bien y en el peor de los casos ante un tipo que ha hablado demasiado, que ha pecado de cierta ligereza o que no ha tomado las debidas precauciones estilísticas a la hora de participar en un determinado debate público.

¿Nos estamos volviendo –¡también en la Europa del sur!– tan cerril y estúpidamente puritanos como en los campus norteamericanos objeto de las burlas de Roth o en la burocrática Praga de los 60 que disecciona Kundera? Es como si una especie de estalinismo de baja intensidad hubiera invadido nuestro espacio político y civil simplificando, trivializando y a la postre corrompiendo ese delicado sistema moral de pesas y medidas que llamamos sentido común y que secularmente había venido siendo bastante indulgente con las faltas, los patinazos, los errores y aun los pequeños delitos que, además de involuntarios, no habían ocasionado un daño significativo a nadie.

Como la dimisión de Zapata, el Partido Popular se cobró una pieza con la que restañar las heridas electorales de la batalla de Madrid, el Partido Socialista no fue capaz de no seguirle el juego, Podemos defendió con indisimulada tibieza a su concejal, la Izquierda Unida de entonces solo tenía tiempo para seguir matándose, la alcaldesa Carmena se puso de perfil y la justicia se puso estupenda. El caso Zapata hizo –sigue haciendo– de nosotros un país un poco, no mucho, es verdad, pero sí un poco más sectario, más injusto, más cerril.