Mariano Rajoy ya ha superado el trámite de su investidura. Tiene por delante la tarea de sacarnos de la crisis, una crisis que ahora califica de internacional y hasta hace unas fechas era responsabilidad exclusiva de su antecesor, José Luis Rodríguez Zapatero. Ya se ha percatado que no es lo mismo gobernar que hacer oposición. En esta puesta de largo no ha cambiado su tradicional forma de actuar. Tras un mes de encierro, de recogimiento espiritual, apenas si ha salido del territorio de la ambigüedad y de las vaguedades, sólo ha incorporado un tono ñoño a su cantinela de la campaña electoral. Nos está mostrando sus propuestas por fascículos (tomo prestada esta metáfora a Carles Francino). Aplicando con pasión las recetas impuestas desde Bruselas que antes tanto le molestaban, ahora la tutela de Merkel es una bendición, recortará el gasto público en 16.500 millones de euros, sin desvelar a qué servicios o partidas presupuestarias, y anuncia incentivos fiscales por 10.000 millones.

No me salen las cuentas: adelgaza el gasto público, deja de ingresar y no estimula la economía. Irá deshojando el estado del bienestar capa a capa, como si una cebolla se tratara. Todo esto sin contar la patada electoralista al presupuesto de 2012 hasta el 31 de marzo para no interferir en la campaña de las autonómicas andaluzas con la gran tijera que se avecina. Esta indefinición y alguna elocuente contradicción (ya no piensa revisar la edad de jubilación a los 67 años, con todo el arsenal de críticas con que nos obsequió meses atrás) tienen el aplauso incondicional de la prensa conservadora. Rajoy tiene ahora bula y podrá hacer lo que quiera con el beneplácito de los medios de comunicación y buena parte de la sociedad. Seguiremos atentos a la pantalla.