Gobernar desde el Parlamento. En el imaginario de los partidos derivado de la teoría general de la división de poderes es una idea extraordinariamente sugerente. Es sugerente, sin embargo, del mismo modo que dice ser feliz ese tipo del chiste al que le preguntan si lo es y responde que sí pero siempre que no tenga que entrar en detalles. Gobernar desde el Parlamento resulta sugerente siempre que no entremos en detalles. En el otro extremo del tablero político, erige su sombra un espectro no menos inquietante pero mucho más familiar en los Parlamentos de casi toda Europa: legislar desde el Gobierno. Es, ciertamente, lo que sucede a todas horas y en todas partes, pero no deja de ser un síntoma poco tranquilizador de que la división de los poderes ejecutivo y legislativo es una antigualla en las Cámaras continentales, aunque no así en la británica o la norteamericana. Parlamento andaluz. Comienzo del curso político. El Partido Popular, Podemos e Izquierda Unida no verbalizan sus intenciones utilizando la expresión ‘gobernar desde el Parlamento’, pero es lo que tienen en la cabeza. Y no porque sean más demócratas o más anglosajones que los demás partidos: sueñan con gobernar desde el Parlamento porque ese es el sueño de toda oposición cuyo número de diputados iguala o supera al del Gobierno. No es exactamente lo que sucede en el Parlamento andaluz, pero casi. Ese casi tiene nombre y se llama Ciudadanos. El partido naranja es el ‘casi’ que los tres grupos de la oposición necesitan neutralizar para lograr ese objetivo natural de toda oposición que es doblegar al Gobierno. ¿LO QUE VALE PARA SEVILLA VALE PARA CÁDIZ? Otra cosa bien distinta es si esos mismos activistas de la democracia pura y verdadera aceptarían, pongamos por caso, trasladar a los ayuntamientos, a otras autonomías o al Gobierno de España esa idea de imponer al ejecutivo el trágala de aplicar leyes que no comparte. ¿El pleno es al gobierno municipal lo que el Parlamento es al Gobierno regional? ¿Lo que vale para la Junta de Andalucía vale para el Ayuntamiento de Cádiz, para la Comunidad de Madrid, para el Gobierno de España? El presidente del PP-A, Juan Manuel Moreno, ya ha anunciado que se "reserva el derecho" a acudir los tribunales si no se produce una "rectificación inmediata" por parte de PSOE y Ciudadanos en relación al "veto" de ambas formaciones a la tramitación parlamentaria de las rebajas fiscales promovidas por su partido. O de la Ley de Cuentas Abiertas impulsada por Podemos. El PP sospecha que la alianza entre el PSOE y Ciudadanos tal vez no sea lo bastante sólida –no al menos hasta saber qué resultado arrojan las generales de diciembre– como para aguantar sus persistentes embates sin resquebrajarse. Y si no logra agrietar ese pacto a medias que es la alianza PSOE-C’s, al menos sus ataques pueden grabar en la dubitativa mente de los votantes del partido naranja la idea de que Rivera no era más que una simple muleta del pérfido Partido Socialista. TAL VEZ, QUIZÁS, QUIÉN SABE ¿Por qué, siendo minoría como son, esa insistencia de PP y Podemos en promover leyes que serían derrotadas por la mayoría que sostiene al Gobierno? Porque, piensan, tal vez no fueran derrotadas. Y tienen buenas razones para pensarlo. Sobre todo ésta: Ciudadanos se viene mostrando indeciso, titubeante y hasta un punto imprevisible en el cumplimiento de su pacto –de investidura y solo de investidura, insisten– con los socialistas. Esos titubeos y rectificaciones de C’s son tan esperanzadores para la oposición como preocupantes para Susana Díaz y los suyos, que parecen fiarse bastante del líder andaluz Juan Marín pero muy poco del líder nacional Albert Rivera, cuyo objetivo estratégico es conquistar la Moncloa, no compartir San Telmo. Esa es, por lo demás, la razón de que el Grupo Socialista apure como lo está haciendo, hasta el límite mismo de las prescripciones trazadas por Montesquieu, las posibilidades ofrecidas por el Reglamento y por el propio Estatuto de Autonomía para eludir el riesgo de ver aprobadas leyes que el Gobierno tendría que aplicar en contra de su voluntad. El PSOE no logra dormir tranquilo cuando sueña con Ciudadanos, y está obligado a soñar con él todas las noches: no está seguro, no puede estarlo, de que, llegado el momento, los de Rivera no acaben votando con la oposición alguna de esas proposiciones de ley. Si lo hicieran, ¿cómo podría vengarse del PSOE? De ninguna manera; sencillamente, no podría. Su único salvavidas para no ahogarse es Ciudadanos y solo Ciuadadanos. He ahí otro aliciente del partido naranja para su insumisión. PINZA CONTINGENTE, PINZA NECESARIA ¿Hay, como repite machaconamente el Partido Socialista, una pinza entre el PP y Podemos para, como dirían los futboleros, ganar en los despachos lo que no consiguieron ganar en el césped? No exactamente. Si la hay, es puramente contingente. Si bien, al igual que durante la pinza histórica del bienio 94-96, los partidos de Juan Manuel Moreno y Teresa Rodríguez comparten el mismo –y perfectamente legítimo– interés de debilitar al Partido Socialista, las razones instrumentales de ambos son sin embargo muy distintas: mientras que Podemos, mucho antes que debilitar al PSOE, lo que quiere es mejorar la democracia y regenerar algunas viciadas prácticas parlamentarias, el PP solo está interesado en erosionar a Susana Díaz y a su partido. En principio y mientras no se demuestre lo contrario (vale, no hablemos de Venezuela), Montesquieu es para Podemos un fin mientras que para el PP es solo un medio. Como en el 94, el PP se ha tomado muy en serio la idea de que ‘gobernar desde el Parlamento’ es posible. El lunes se ponían solemnes a las puertas del salón de plenos y, esgrimiendo ejemplares del Estatuto de Autonomía y del Reglamento del Parlamento –aunque no, todavía, de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre– leían un enfático manifiesto alertando contra la "involución democrática", la "vulneración" del principio de separación de poderes y la “mordaza a la Cámara andaluza". EL PRESIDENTE SECRETARIO El ruido que el PP se propone armar con este asunto del veto parlamentario es sin duda legítimo, pero, al contrario que en el caso de Podemos, se nota a la legua que no es sincero. El PP no quiere liberar a Montesquieu sino encadenar a Susana Díaz. De hecho, ya en una fecha tan temprana de la legislatura como el 28 de mayo pasado, el PP ya acusaba a Díaz de urdir un “auténtico secuestro” del Parlamento por gobernar sin haber sido investida. No lo ve de la misma forma Podemos ni, por extensión, Izquierda Unida. Esta semana sus diputados Teresa Rodríguez y Juan Ignacio Moreno Yagüe le pedía al presidente de la Cámara, Juan Pablo Durán, la dimisión de este cargo o del de secretario general del PSOE de Córdoba. Y tienen razón al pedirla. No es que Durán vaya, claro está, a interpretar el Reglamento de manera mucho más favorable a la oposición porque deje de ser secretario general de su partido, pero en democracia y cuando se ostentan ciertos cargos es imprescindible guardar las formas, y el presidente del Parlamento no las está guardando al compatibilizar ambos cargos, además de estar incumpliendo su propio compromiso al respecto. Visto, en todo caso, cómo se está calentando el ambiente y comprobadas las debilidades argumentales del Partido Socialista a la hora de justificar su veto, seguramente anticonstitucional, a las iniciativas parlamentarias que la oposición quiere hacerle tragar, iría siendo hora de que plegara velas, se replanteara su posición y buscara la manera de rectificar. Aunque procurando, eso sí, que se le notara lo menos posible.