Julio Anguita pidió anoche en Málaga el voto para Izquierda Unida. Es lo que dicen todos los titulares y no mienten. Lo pidió, sin duda, pero lo pidió de tal forma que su petición es lo menos que se despacha en el mercado de peticiones de voto. Eso no significa que la petición de Anguita no fuera sincera: no tenía por qué no serlo. Ni significa que no fuera valiosa para IU y Antonio Maíllo, que lo fue y mucho. Pero el fundador de IU no pudo evitar que su gesto, su tono, su ausencia de énfasis, su laconismo y su falta de calidez al pedir el voto para IU indicaran que lo estaba haciendo más por obligación que por devoción. De hecho, Anguita pasó como sobre ascuas por esa solicitud de voto para detenerse durante mucho más tiempo –y con mucha más pasión– en la urgencia de la unidad popular, en la necesidad de la unión de la izquierda no socialista: IU, Podemos, Equo, Attac… El excoordinador de IU citó, en efecto, a varios partidos con los que IU debería aliarse tras el 22M, pero en verdad solo estaba hablando de uno, que era Podemos, pues únicamente Podemos es una formación poderosa y significativa en la izquierda. Los demás suman, y además suman poco, pero no multiplican. El planteamiento de Anguita es que IU debe olvidarse de una vez por todas de alianzas con el PSOE, que en su opinión es solo, grosso modo, el otro nombre de la derecha española. Pero al mismo tiempo el líder cordobés admite que las cosas no pueden transformarse si no se cuenta con mucha gente, la concienciada y sobre todo la no concienciada, y con muchos partidos, entre los cuales tendría que figurar de un modo u otro el PSOE. ¿Cuál es entonces la clave de arco de la bóveda imaginada por Anguita? Es, naturalmente, la calle. Solo llenando las calles, en combinación con una victoria electoral, puede la izquierda desafiar a los poderes reales que nos gobiernan y romper las costuras que están ahogando, por ejemplo, a Syriza. El problema sigue siendo el de siempre: que la calle está vacía. O dicho de forma menos lúgubre: que no está suficientemente llena. Sin las masas abarrotando las calles, es decir, metiendo miedo al poder y al dinero, ninguna revolución es posible. Y entre tanto se llenan o no, la izquierda callejera necesita a la izquierda institucional para ir cambiando las cosas: no para hacer la revolución, pero sí para hacer otra gestión, que es lo que intentó IULV-CA en su pacto de gobierno con los socialistas. Anguita está mucho más interesado en la revolución que en la gestión. Pero igual que no puede haber estética sin ética, tal vez tampoco pueda haber revolución sin gestión. Parafraseando abusivamente a Goethe, para el carismático exalcalde de Córdoba ‘gris es toda gestión y verde es el árbol de oro de la revolución’. En realidad, la izquierda en general y tal vez la izquierda española más que ninguna otra necesita a gente como Julio Anguita y Pablo Iglesias tanto como necesita a gente como Felipe González, aunque ambas partes huirían espantadas como alma que lleva el diablo ante la mera de mención de sus nombres juntos, en el mismo barco y con el mismo destino.