Interpelado ayer el Gobierno central en el Senado español por haber reducido a cero la dotación presupuestaria desde 2013 para aplicar la Ley de Memoria Histórica, el senador nacional por Murcia José Joaquín Peñarrubia contestaba esto con el tonillo de suficiencia moral de quien a duras penas se contiene para no perder la paciencia ante la insistencia en ser preguntado por asuntos sobradamente aclarados desde muchísimo tiempo atrás: “Ya no hay más fosas que descubrir, salvo que se empeñen en buscar a Federico García Loca en los cuatro puntos cardinales de España (…) Ahora ya no hay más sitios a los que ir [a buscar fosas]”. ¿Es el senador José Joaquín Peñarrubia elegido democráticamente por Murcia un franquista? Si no lo es, le da igual parecerlo. Esta es precisamente la singularidad de los políticos franquistas que todavía quedan en activo en el Partido Popular: que además de ser medio franquistas, no les importa parecerlo completamente. O al revés. Es la crucial diferencia que mantienen los nuestros con respecto a otros políticos europeos de partidos conservadores mayoritarios y más o menos convencionales: mientras en esos otros países los correligionarios de Peñarrubia disimulan sus simpatías o su tolerancia con los horrores de Hitler o de Mussolini, nuestro aguerrido murciano en absoluto se siente incómodo exhibiéndolas, y no porque el tipo sea un malvado sino porque está convencido de que no hay nada de qué arrepentirse en la Guerra Civil ni en la dictadura. No sería raro incluso que si Peñarrubia se enterase de que ha sido calificado como franquista se escandalizara sinceramente clamando contra tal injuria y, como otros en el pasado desenfundaban raudos su pistola, desenfundara velozmente su pedigrí democrático: que no le den la murga los puñeteros rojos, ¿cómo va a ser franquista alguien que lleva en las Cortes –las de ahora, no las de antes– desde 1982? Al senador Peñarrubia le ocurre simplemente que es franquista pero no lo sabe. Ni lo va a saber nunca. Se morirá sin saberlo. Desde luego, en su partido no se lo van a decir. Y tienen buenas razones para no decírselo: no creen en absoluto que lo sea.