Resulta una gran paradoja que la derecha se pretenda apropiar de la Constitución de 1812, un contorsionismo intelectual e ideológico que linda con el bochorno. Desde su triunfo el 20-N, el Gobierno de Mariano Rajoy y toda la maquinaria del Partido Popular han pretendido patrimonializar la celebración del Bicentenario de la primera carta magna española. Los preparativos de los fastos de la jornada de ayer han estado rodeados por un gran sectarismo. El protocolo de la Moncloa, por orden de la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, se fajó a fondo para que el presidente andaluz, José Antonio Griñán, no tuviera discurso en el acto central celebrado en el Oratorio de San Felipe Neri, recinto que vio nacer La Pepa hace 200 años y que la Junta de Andalucía ha rehabilitado a pulmón con sus propios recursos para conmemorar esta efeméride. No tenían suficiente: intentaron incluso desplazar a Griñán de la mesa presidencial y la Junta se plantó por la descortesía hacia el primer representante del Estado en la comunidad autónoma. (Este episodio nos retrotrae a los atropellos institucionales de la época de Aznar). Están crecidos y no se paran ante nada. Excluyeron del ceremonial a los concejales del PSOE del Ayuntamiento de Cádiz, legítimos representantes del pueblo, para facilitar la entrada a familiares y amigos de dirigentes peperos.

Con esto ya era suficiente para censurar el tufo electoralista de los actos organizados por Moncloa a la mejor gloria de su jefe. Pero si además Rajoy hace un discurso partidista y nos cuela en un acto institucional una “bacalá” como si estuviera en un mitin de campaña, el asunto adquiere un tinte mayor de fanatismo partidario. Y si para rematar la faena en la retransmisión del acto, realizada en señal poolpor TVE, cuando el presidente del Gobierno habla de cambio y reforma, se pone un plano de escucha del aspirante del PP a las elecciones andaluzas, Javier Arenas, de nada menos que catorce segundos (vídeo: desde el minuto 2’35″ al 2’49″), ya es el acabose. Casualmente ése ha sido el total (fragmento del discurso en argot televisivo) que ha colado en todas las televisiones nacionales al ser la única señal disponible del acto la facilitada por la televisión pública. Estamos ante un caso de manual de electoralismo chusco y barato. Y una segunda derivada: ¿está comenzando la segunda era Urdaci en la televisión pública nacional?

PD.- Ya sabemos por qué el PP andaluz hacía tanto hincapié en la figura del realizador sobre las negociaciones de un debate electoral para el 25-M. Lo dice el refranero: cree el ladrón que todos son de su condición.