Cuando supe, el miércoles pasado, que Rafael Escuredo deba una conferencia en el granadino palacio de Bibataubín sobre su última novela, entendí que el salón de plenos de la sede del Consejo Consultivo de Andalucía no era ni muchos menos la peor elección para el albergar el evento, siendo el autor miembro nato del Consejo y sufriendo de la más firme veleidad literaria, tanto su presidente, Juan Cano Bueso, que lo presentó, como el fiscal superior de Andalucía, Jesús García Calderón, poeta y prosista meritísimo, además de eximio jurista, que tuvo el sobrado valor literario para encargarse de la oración meramente aclaratoria sobre Laberinto de Mentiras, nombre muy cinematográfico, si se cambia "mentiras" por "pasiones" y se inserta en el cartel de una peli de Pedro Almodóvar. Luego de una presentación tan explicativa como implicativa de nosotros mismos en el Laberinto, se abrieron paso las palabras del autor y por él supimos que esta era la segunda novela negra que tiene al inspector Sobrado como protagonista y que su argumento ocurre en el China Town de Fuenlabrada, un polígono industrial donde se asientan los mayores depósitos de mercaderías chinos de la Comunidad de Madrid, por si en ese territorio no tuvieran ya bastantes asuntos turbios, delictivos y criminales con derivaciones sociopolíticas clamorosas en los últimos tiempos, empezado por el famoso Tamallazo. Hasta aquí el marco de novela negra tan apropiado para la trama del Laberinto donde el protagonista se debate entre la criminalidad mafiosa y la corrupción social esgrimiendo las armas arquetípicas de todos los investigadores del género: el cinismo desencantado y la independencia de criterio que en su día, tras el 28-F de 1980, motivaron la defenestración de Escudero de la Presidencia de la Junta y terminaron de un tajo seco y certero con su carrera política, tan brillante como valiente para él y tan beneficiosa como oportuna y esperanzadora para Andalucía y los andaluces. Tanta fue mi empatía con el acto y, sobre todo, con el autor, que a su término compré el ejemplar del Laberinto por unos módicos 19'95€ y me puse en cola para que me lo firmara hasta que, llevado por mi tendencia enfermiza a pasar desapercibido en actos públicos de carácter literario, fui cediendo el puesto hasta quedar el último de la fila y, cuando ya no tuve más remedio que ofrecer el ejemplar a la firma del autor, se lo acerqué y le dije con la mayor reserva: –Gracias, Rafael, por haber tenido el valor de adentrarte en los ámbitos de estas peligrosas triadas asiáticas en tu afán por documentarte al respecto– a lo que él contestó que eso mismo (lo del peligro) era lo que con frecuencia le decía su mujer. Y entonces, yo apostillé a quemarropa: —Claro que tú estás acostumbrado al peligro, porque, en su tiempo, no era menor el peligro de enfrentarse al poder omnímodo de Alfonso Guerra, tu compañero, paisano y, sin embargo, amigo que acabó mandándote a ejercer la abogacía y a cultivar la literatura. Mi interlocutor detuvo la mano que empuñaba el bolígrafo con que escribía la dedicatoria, encajó la directa con el mismo tic miope con que se hubiera defendido de un golpe de flash y yo calé el manteo y envainé la espada, / miré al soslayo, fuime y no hubo nada. Solo que me quedé pensando en los recientes acontecimientos andaluces y en cómo la sombra del primer presidente plenamente autonómico de la Junta había logrado escribir derecho con renglones torcidos, en ausencia, la historia de nuestro pueblo, haciéndonos recordar la contundencia con que nos habíamos posicionado una vez más contra la torpeza intransigente centralista. Y aún estaba en esas esta mañana, cuando me quedé en blanco al escuchar la radio y enterarme de que, según se desprende del examen de la primera caja negra del avión alemán recién siniestrado, el suceso pudo deberse a un factor humano inesperado e imponderable relacionado con el copiloto. Es para mear y no echar gota y esperar a que esta Semana Santa, como casi siempre, no se cumplan los pronósticos meteorológicos. No somos nadie.