Cuando Fernando III instauró en la Giralda el toque de las campanas, encontró en Sevilla el mejor lugar para construir las galeras que tan necesarias eran para defender el estrecho de Gibraltar. Fue su hijo Alfonso X quien mandó construir un imponente edificio de diecisiete naves frente a las que se extendía una lengua de tierra yerma, un arenal, que llegaba hasta el Guadalquivir. Al llegar su declive marítimo fueron usadas entonces como Casa de la Contratación, Pescaderías Reales, almacenes de artillería y hasta como hospicio; los muros del Hospital de la Caridad custodian todavía hoy algunos de sus arcos centrales. Las naves que se conservan se colmataron de más de cinco metros de tierra, aunque peor suerte corrieron –sin embargo– las cercanas a la Casa de la Moneda, pues fueron derribadas para construir un edificio poco apetecible de visitar, la Delegación de Hacienda. Como esa firma que se oculta en un cuadro bajo repintes de otra época, las Atarazanas han permanecido alejadas de la ciudad que les dio vida en las últimas décadas hasta que en 2009 La Caixa anunciaba una importante inversión, a cambio de la cesión de las mismas por 75 años para servir de contenedor al CaixaFórum. Poco o nada se supo de este proyecto hasta que la Torre Pelli reclamó las miradas de la Unesco y replanteó la inversión inicial. La Caixa redujo el presupuesto, cedió el uso a la Fundación Cajasol e hizo un nuevo diseño que fue conocido por los grupos municipales el pasado jueves 28 de enero. Los sevillanos –de nuevo– se quedaban fuera de las decisiones importantes. A la par que el arquitecto presentaba en el Ayuntamiento y a puerta cerrada una amplia memoria y centenares de planos, la sociedad sevillana por su parte se reunía citada por Adepa y la Real Academia de Buenas Letras en el cuidado salón de un edificio que, en otro tiempo, también iba a perderse y que, ésta vez sí, pudo salvarse: la Casa de los Pinelo. Pero volviendo a las Casas Consistoriales, hacía semanas que diversos grupos municipales estaban preocupados por esta desconocida inversión. Ciudadanos y PP presentaron una moción conjunta para negociar la paralización de las obras, estudiar el proyecto y darlo a conocer a los sevillanos, así como para celebrar un Pleno monográfico sobre el particular. El resto de grupos se unió y la moción salió adelante en su integridad; frente a todos ha quedado un solitario equipo de gobierno. El Pleno del Ayuntamiento ha hablado con una voz tan fuerte como la de numerosos expertos: las prisas nunca han dado el mejor consejo. La sociedad sevillana parece que ha despertado del letargo en el que cae cada cierto tiempo. Las Atarazanas tienen un nuevo guardián, preparado para defender su historia. (*) Maximiliano Maqueda es abogado.