Juan José Sánchez Garrido lleva 90 días como alcalde del pueblo minero de Aznalcóllar. Su jornada laboral empieza a las siete de la mañana, abriendo las puertas del ayuntamiento. Cuando amanece y llega a su mesa, no sabe realmente a qué hora terminará ni cuántas citas le quedan por delante. Se define como un “nuevo gobernante por necesidad”, curtido en la minería y necesitado por su pueblo, que ha alcanzado en medio de la crisis más de un 60% de desempleo. “Cada mañana cuando llego al ayuntamiento tengo a más de cincuenta personas esperando. Es algo agotador pero llena de satisfacción el atender a todos los que puedo”. Suben a la segunda planta y la sala de reuniones; el pasillo o su propio despacho es siempre un lugar perfecto para la cita, aunque sea improvisada. “Todos piden trabajo, comida o cualquier cosa que les permita mes a mes seguir adelante”, y es que para Garrido, Aznalcóllar “está pasando por su peor momento”, por lo que recalca que “el problema del hambre debería de ser un problema de estado para los gobernantes, a lo que invita para que vean lo que está pasando”. CONSULTANDO VIDAS LABORALES
Juan José Sanchéz Garrido repasando las vidas laborales. Juan José Sanchéz Garrido repasando las vidas laborales.

En la mesa de su despacho se amontonan vidas laborales. Más de 2.000 con una población activa de 3.000 personas censadas. “Hay algún trabajador que puede tener derecho a algún cobro o prestación y está pasando hambre o necesidad sin saber que le corresponde parte de la ayuda”. En cada informe revisa si se cumple con los 180 días de alta necesarios para concertar la ayuda si no la han agotado. Muchos no van ya ni a sellar el paro. Camas es el municipio donde se encuentra la oficina más próxima del SAE y el coste son seis euros en transporte interurbano. Garrido ajusta las cuentas de sus vecinos, a ver si algún número o alguna fecha mal calculada puede arrojar algo de esperanza. “Pierdo a veces más de media hora para ver si sale algo y con la mayoría no se consigue nada”. El cuadrante de su ordenador marca las citas con sus vecinos para ver caso a caso su vida laboral. “Con algunos tengo cita a las doce y media de la noche, a la una menos cuarto. Hay que apurar todo lo que se pueda para ayudar”, aclara. Todos en el pueblo recuerdan una fecha trágica, la del 25 de abril de 1998, el último día que Aznalcóllar vio su mina en funcionamiento. Su reapertura, después de quince años del cierre de Boliden, sería el sector principal que daría oxígeno a este pueblo estancado en la incertidumbre. La nueva concesión, otorgada en concurso público, está paralizada por decisión de la Junta de Andalucía tras la investigación judicial por supuestas irregularidades en el proceso de adjudicación. La directora general de Minas, ya dimitida, y varios funcionarios están imputados por prevaricación. Garrido recuerda aquella época de lucha como responsable de minería y empleo en CCOO y como extrabajador de la mina. “Este mismo año pedía celeridad, transparencia y sentido común para que las empresas pudieran sacar adelante el proceso y solo espero que en septiembre se pueda continuar con el concurso”. La deuda del consistorio tampoco permite apostar por otro futuro. “Con seis millones de euros de deuda pocas ayudas puedo dar”, apunta. Sin embargo, Manuela Díaz, concejala de Educación, y Juan José han puesto en marcha algunas ayudas, como las de material escolar para septiembre, dirigidas a niños en grave situación de exclusión. Manuela apunta que “solo han podido destinarse 3.000 euros pero muchos podrán ir a la escuela con cuadernos y lápices para empezar el año”. 5.000 KILOS DE ALIMENTOS La campaña de alimentos que el ayuntamiento ha fomentado junto a Cruz Roja, es otra de las iniciativas más importantes. “Se revisan los ingresos de cada una de las familias para ver a cuántas les corresponden”, apunta Manuela. En el reparto de 5.000 kilos hay leche, legumbres, arroz, aceite, atún, tomate, pasta y galletas pero a la cesta no llegan los productos frescos. Garrido sabe que no es la solución pero por lo menos tiene claro “que si el hambre aprieta, los aznalcolleros tienen leche y galletas para engañar el estómago”, afirma. Ana es la asistente social. Su teléfono no para de sonar por la gente que se va enterando de la nueva campaña. “El problema que tenemos es que el reparto es exhaustivo y no puede entregarse a ninguna de las familias que no hayan presentado la solicitud y que hayan aceptado los requisitos”. Ana redacta un informe social por cada familia que acude al reparto. “En Aznalcóllar hay más de 200 en extrema necesidad y desde los servicios sociales vemos que llevan más de varios años sin cobrar incluso la ayuda familiar con hijos a su cargo”.
Rocío González, vecina de Anzalcóllar, tras su visita al alcalde. Rocío González, vecina de Anzalcóllar, tras su visita al alcalde.

Roció González tiene 38 años y es aznalcollera de toda la vida. “En mi casa somos ocho y ninguno de los mayores trabaja ni cobra prestación”. La ayuda de su familia y los productos de Cáritas y Cruz Roja hacen que la situación sea menos tensa pero no quita el hambre. “No tengo yogur para mis hijos y para mi nieta que es muy pequeña”. Hoy ha venido hasta la mesa de reuniones del ayuntamiento en la que descansa por el fuerte calor para pedirle desesperadamente a Juan José, el alcalde, que meta a trabajar a uno de los suyos porque no pueden seguir mucho tiempo aguantando tantas penurias. Ana y Manuela hablan del importante número de cortes de agua que sufren. “Aljarafesa nos da una partida de dinero para este tipo de casos”, pero solo permite abonar una factura por familia al año. El resto tiene que correr a cuenta del ayuntamiento para que las familias sigan teniendo suministros básicos. Tras dos horas de intenso reparto, quedan nombres sin subrayar. “Hay gente que se ha tenido que ir desesperada. Muchos en el pueblo están muy mal y es que hay muy pocas familias que puedan salir adelante. Cada vez está todo más precario”. Garrido continúa en la mesa trabajando, sumando facturas, haciendo balances y mirando las noticias de los periódicos donde ve las fotos de los suyos, de su pueblo. “Tengo esperanza de que se abra la mina y esto empiece a cambiar. Si no, iremos a donde haga falta. Nos encerraremos, haremos huelga, pero al final lo tenemos que conseguir para nuestro sustento”.