El presente fin de semana termina justamente en domingo de Piñata y, con el permiso de las bacterias de la salmonelosis, cumplo con el rito anual carnavalesco viajando a Cádiz para empaparme de la sal que allí atesoran y reparten (esto es Cádiz y aquí hay que mamar, señalándose distraída y picaronamente con el dedo anular las partes burlescas) criticando a diestro y siniestro y no dejando títere con cabeza desde las más altas magistraturas nacionales y universales (la Casa Real. el Papado, la Unión Europea, la Casa Blanca, los palacios de la Zarzuela y de la Moncloa) a las regionales, provinciales, comarcales y locales y a las personas conocidas y desconocidas del entorno carnavalesco (el nuevo alcalde, la ex-alcaldesa, el jurado, las ninfas y los personajes populares, autores, intérpretes y agrupaciones, etc.) que reciben constantes referencias valorativas y despectivas jocosas llenas de libertad y gracejo sin que a nadie lo empapelen en la Audiencia Nacional y, menos aún, lo enchiqueren como a esos dos terititeros granadinos ya por fin libres aunque con cargos. Por cierto, que acabo de ver en Internet una foto preciosa de Santa Rita Barberá de cuando fue Reina del Humor y otra de ahora, lo que se da no se quita (olé ahí sus cojones de Alcaldesa de España) pero se devuelve con el incremento de la multa y de la mora, con cara de circunstancias y blandiendo una pequeña pancarta con el lema "VIVA MI J...ETA". Y el juez no la llama porque está a-forrada. Claro que más de uno se sorprenderá de que, siendo yo ubetense y residiendo desde hace cincuenta años en Graná, otorgue a los gaditanos como en exclusiva la autoría del humor por antonomasia y parezca que desprecio u olvido el de otras partes de Andalucía (por no ir más lejos) que no es manco ni en todo menor, como la hilaridad socarrona ubetense, conocida como asaúra (qué asaúra tienes, eres un asaurón) o la granadina, universalmente conocida como mala follá, sobre la que se han derramado ríos de tinta con tan encomiable profusión como desigual provecho. De hecho, son muchas las aportaciones granadinas a la arqueología provincial del Carnaval, como las alpujarreñas, de Alhama, Motril y la Costa, Guadix, Baza, Huéscar, Loja y la misma capital, donde coinciden con la costumbre de las primitivas Carocas y las fanfarrias que acompañaban a la procesión del Corpus y otras celebraciones festivas parcialmente conservadas hasta 1936 y que en algunos casos se reanudaron con desigual fortuna tras el fin de la Dictadura coincidiendo con la reactivación de las viejas fiestas Saturnales romanas que parecen estar en el origen de los ritos carnavalescos. Saco aquí el asunto a colación por no ser las de Granada en particular ni las de Andalucía Oriental en general, en contra de lo que se piensa, tierras ajenas al humor ni ayunas de él, sino todo lo contrario, como se atestigua leyendo la producción satírica del círculo literario de mi abuelo Alfredo Cazabán, referida a Jaén y su provincia, en el primer tercio del siglo XX y luego la de mi amigo Manuel Urbano Pérez Ortega, recientemente fallecido, y que publicó un interesantísimo trabajo al respecto titulado Sal Gorda recopilando la literatura satírica y burlesca popular jienense. Sin llegar a la indagación filosófica y sociocultural, diré que la asaúra y la mala follá son la expresión victimista popular de un complejo y una carencia: la del humor mal apreciado y el complejo de quienes fueron y tuvieron y ya no les queda casi nada de aquella imperial abundancia. Como el mal-age sevillano y el salero y la guasa gaditanos lo son de quienes todavía algo les queda aunque añoran el viejo poderío cervantino del Patio de Monipodio, de la cárcel Real de la calle de la Sierpe y de sendos puertos de Indias donde arribaban y partían constantemente los barcos con su trasiego trasatlántico de ida y vuelta. A lo que hay que sumar el discurso costero penibético de lo que hoy es la Costa Mediterránea interior de Almería, Granada y Málaga, debatiéndose en sus cuchufletas carnavaleras entre la memoria ancestral del garum y de las salazones, las Guerras Púnicas, las incursiones sarracenas, las decimonónicas Guerras coloniales de África y los actuales y desesperados desembarcos de las pateras. Ahí sí que hay humor negro del bueno (buana-a-mí- no) de ese mismo que le sale de dentro a Woody Allen como si se le filtrara de entre los sillares milenarios del Muro de las Lamentaciones o de las cuerdas grotescas de la guitarra de Emilio el Moro quien, por seguir la costumbre carnavalesca jocosa del mundo al revés, tocaba con virtud suprema la guitara sobre su espalda y era la representación burlesca de un supuesto moro melillense aflamencado, antecesor seguro del impulso tetuaní de fundar una orquesta andalusí en territorio bereber alauita. Y es que en el disfraz, en el tipo, está designada la mitad del Carnaval tal como luego se ha fundado en Tenerife y en el resto de las Islas Canarias, archipiélago protocaribeño, como mi tierra natal lo es protoandaluza y semicastellana, en opinión de don Antonio Machado, cuando profesaba en Baeza (en este pueblo sombrío /entre andaluz y manchego) porque el Carnaval nace de la fusión creativa de lo heterogéneo y esa fusión mágica anida proverbialmente en las tierras y las aguas colindantes al Estrecho de Gibaraltar donde el líquido elemento rebosa tanta sal y tanta luz por los cuatro costados (anda-luz), que resplandece como la plata: de ahí la Tacita, los boquerones, la caballa y las palabras que usan los gaditas para el amor de sus piropos y las críticas inefables de sus agrupaciones que hibernan anualmente en el alborto de las peñas, como en Valencia trabajan once meses en los casals acopiando esfuerzo y pelas para plantar sus fallas y meterles fuego la nit del foc (este año ya tienen tarea y parece que no habrá indultos). ¿Y de la malafollá propiamente dicha, qué? Pues solo la que tienen la sucesivas etapas del juicio por el Caso Nóos para mayor bochorno del Govern valenciano y mallorquín y de una parte significativa de la Casa Real y, sobre todo, lo que se está destapando en torno a ese colegio Marista de Barcelona donde parece que ocurría lo mismo o peor que en el internado jienense donde me eduqué y del que salí afortunadamente indemne por los mismísimos pelos (¡Hace ahora sesenta años!) como tuve ocasión de recordar en este mismo periódico el año pasado a propósito de El hermano Florentino sobre quien hablé ante las puertas del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía con mi amigo el Fiscal Superior del mismo, Jesús García Calderón, y ambos llegamos al convencimiento de que ya era tarde para hacer nada que no fuera denunciarlo ante la opinión pública, como así hice sin más resultado que el de descargar mi conciencia y aportar mi granito de arena echando los abusos sexuales a la gran pira donde ojalá arda la memoria de los muchos abusadores eclesiásticos que se fueron a la tumba con la creencia de haber escapado inmunes de sus delitos. En fin, que en este mundo traidor, nada es lo que parece y por eso el Carnaval, que es el mundo al revés, lo representa tan verazmente. ¿Acaso creen ustedes que el periódico El Mundo se mete ahora tanto con Rajoy porque se ha caído del caballo como san Pablo y ha visto la luz? Pues no: es que las acciones mayoritarias están en manos de Aznar y este no le perdona a su antiguo pupilo, entre otras, haber dejado caer a la Botella. ¿Será mala follá...? Feliz Carnaval.