Parece que fue ayer y sin embargo han pasado ya casi seis años desde las elecciones generales del año 2008, cuando el bipartidismo del PSOE y PP sumó más de 21 millones y medio de votos y acaparó 323 de los 350 escaños del Congreso de los Diputados. Hoy, con una salvaje crisis financiera de por medio, con devastadores efectos sobre la economía, el empleo y los derechos sociales, y con sucesivos escándalos de corrupción de por medio, apenas seis de cada diez españoles siguen confiando en el bipartidismo, dando aire a toda una constelación de partidos fugaces, meteoros en el oscuro cielo de la política nacional.



De entrada, soy de los que opinan que mientras más opciones tengan los ciudadanos para elegir, mejor para la democracia. Pero también pienso que un sistema político debe estar diseñado para garantizar la necesaria estabilidad del gobierno surgido de la voluntad ciudadana. La experiencia de numerosas elecciones municipales, en las que concurrían todo tipo de formaciones políticas sin otro ideario que ostentar la apetitosa concejalía de urbanismo no puede ni debe trasplantarse ni a la política autonómica ni mucho menos a la nacional, en un contexto muy complicado en el que la profesionalidad es más necesaria que nunca.

Detrás del auge de los partidos fugaces, de su aplaudido oportunismo, hay varias causas. Por una parte, el propio y merecido descrédito de los grandes partidos, que no saben ni quieren saber cómo transmitir su trabajo a menudo serio y riguroso a una ciudadanía que está harta de componendas y de episodios de corrupción y poca transparencia institucional. Y por otra el abrazo sin descanso a un pragmatismo que da alas a propuestas populistas, oportunistas y que nada aportan ni a la gobernabilidad ni a la seriedad de las instituciones que deben velar por el cumplimiento de los derechos que rigen la sociedad.

Vayamos por partes. Gobernar no es fácil, como tampoco lo es el ejercicio de la oposición responsable. Las leyes, su redacción, interpretación y aplicación necesitan de representantes de los ciudadanos preparados y cualificados, y de partidos políticos con la adecuada estructura organizativa e intelectual como para poder explicar el sentido de las leyes desde el Gobierno y desde la oposición. Subir a una tribuna a manifestar una sarta de tópicos y de lugares comunes está al alcance de cualquiera, y eso de ninguna manera supone una mejor defensa de los intereses ciudadanos. Escudriñar una ley, desmenuzarla, conocer su alcance real o incluso recurrirla al Tribunal Constitucional sí que supone un ejercicio potente de la representación, por mucho que a menudo nos empeñemos en simplificar esta sufrida y poco espectacular vertiente de la política.

Por eso, quizás uno de los cambios que más demanda la sociedad a los grandes partidos sea precisamente el de una mejor selección de sus cuadros, de sus cargos públicos, y una mayor posibilidad de elección, a través de listas abiertas, para discriminar a quienes trabajan de verdad y castigar a quienes han hecho de la política una forma de vida.

Pero no es ésta la única asignatura pendiente. También es necesario y urgente que los grandes partidos abandonen su propio ensimismamiento para trabajar en los temas que preocupan de verdad a los ciudadanos. Los problemas de verdad son muy concretos: desempleo, situación económica, falta de confianza en los partidos y en las instituciones, transparencia y rendición de cuentas. Y aunque las primarias y el modelo territorial preocupen a los ciudadanos, no se trata en absoluto de su principal preocupación.

Los dos grandes partidos han perdido grandes oportunidades de volver a conectar con sus votantes desanimados. El PSOE celebró una Conferencia Política que había despertado mucha expectación y que acabó sirviendo sólo para hablar de las primarias, en un contexto dramático para sus votantes clásicos y más fieles. Y la Convención Nacional del Partido Popular ha sido un absoluto fiasco, sin más resultado que la evidencia manifiesta del conflicto interno que se está dando entre los partidarios de Aznar y las disciplinadas fuerzas de Rajoy. Nada que ofrecer a una sociedad que sigue esperando de este Gobierno que cumpla con las promesas electorales del año 2011, una sociedad defraudada, además, por la deriva autoritaria de un Gobierno que ha convertido la mayoría absoluta en un cheque en blanco al portador.

Lo malo de este panorama es que da cancha a todo tipo de aventureros de la política, dispuestos a aprovechar el voto de castigo en su propio y estricto beneficio personal. Si en las elecciones europeas de 1987 fue nada menos que Ruiz Mateos el depositario de ese voto alternativo -¿alguien recuerda que hiciera algo por sus votantes?-, en las municipales de los últimos años han sido personajes del tipo de Jesús Gil, Pedro Pacheco, Juan Enciso, Sandokán y otras figuras por el estilo quienes han pescado en el río revuelto del descontento social y del populismo político. Porque cuando se abraza con tanta fuerza el pragmatismo, el populismo encuentra un caldo de cultivo idóneo para crecer y multiplicarse.

De cara a las próximas elecciones europeas, la constelación de partidos fugaces no hace más que crecer. Como en el caso de las estrellas veraniegas, son muchos los que parecen decididos a encomendar a estas formaciones sus más secretos deseos. Dudo también de que logren cumplirlos. Eso sí, sus protagonistas vivirán de la política que tanto critican. Pero a diferencia de quienes mejor o peor defienden siglas hoy denostadas, y postulados clásicos en los que ya nadie parece creer, estos nuevos políticos no parecen especialmente preparados para coger el timón y navegar con un rumbo definido. A la contra siempre se ha vivido mejor. Pero eso no soluciona ninguno de los problemas que nos acucian. Más bien al contrario. En Asturias, la alternativa ha resultado ser el perro del hortelano. En la Europa que se avecina, esa frivolidad nos llevaría directos al precipicio. Veremos.

* Enrique Benítez es diputado socialista por Málaga en el Parlamento Andaluz