El fracaso de la ley Gallardón sobre el aborto dejó en manos del Tribunal Constitucional la decisión sobre la ley Aído en vigor, habida cuenta del recurso de inconstitucionalidad del PP pendiente de resolución. La espada justiciera del TC pende sobre este asunto desde hace casi cinco años, y “la voz de la ciencia” podría resultar determinante. Aunque se dice que la resolución se retrasará aún más tras el reciente retoque gubernamental a la ley (que hará que las mujeres menores de 18 años en ningún caso puedan abortar sin la aprobación de los padres), y por el año electoral en que estamos, se supone que el TC está más allá de estos avatares políticos, y cualquier día puede dar a luz su sentencia. Y el fruto de tan larga gestación será crucial. Si fuera favorable a los antiabortistas, sería para ellos mucho mejor que la ley frustrada, pues ésta ―a diferencia de la sentencia del TC― habría sido derogada por un futuro gobierno de izquierdas. Por otro lado, con el fin de limitar el alcance de las inevitables descalificaciones de su fallo (sea cual sea), el TC intentará argumentarlo con la mayor objetividad (o apariencia de ella) posible. Por eso cabe esperar que se apoye en la instancia objetiva por excelencia: la ciencia. El propio ponente del TC sobre el recurso de la ley Aído, Andrés Ollero, dice en la pág. 232 de su libro Bioderecho (Ed. Aranzadi, 2006) que, “como juristas, deberemos mantenernos particularmente atentos a los datos científico-experimentales, para no encelarnos con molinos de viento”. Ese propósito iluminador manifestaban precisamente los impulsores de la “Declaración [o Manifiesto] de Madrid” contra el aborto, de marzo de 2009, que se autoproclama como la “referencia de la opinión científica sobre el aborto” y está firmada por “más de 2.000 científicos, profesores e intelectuales”. Entre ellos se encuentran el genetista Nicolás Jouve (primer firmante) y el microbiólogo César Nombela, ambos del Comité de Bioética que informó favorablemente sobre la ley Gallardón. Conviene revisar la Declaración, pues se ha ratificado explícitamente (“Nos reafirmamos en el Manifiesto de Madrid 2009”) en 2014 en un nuevo Manifiesto, “Científicos por el Derecho a Vivir”. En la Declaración-base de 2009 se enumeran una serie de puntos calificados como “hechos”, de los que comentaré los más relevantes. «Existe sobrada evidencia científica de que la vida empieza en el momento de la fecundación… momento en que se constituye la identidad Genética singular» ¡“La vida”! Una lombriz, una bacteria,… también son vida. Querrán decir “la vida humana”. Pero la fecundación (que no es un “momento”, sino un proceso) se produce a partir de dos células humanas ya vivas y con “identidad genética singular”. Que, a su vez, proceden de otras… Lo que es “la vida”, empezó en la Tierra hace varios miles de millones de años. Así pues, la cuestión clave aquí no es cuándo empieza “la vida”, sino cuándo consideramos a un organismo en desarrollo una persona, sujeto de derechos humanos; por tanto, cuándo provocar su muerte es un crimen. «El cigoto es la primera realidad corporal del ser humano.» ¿”Realidad corporal”?, ¿cuándo puede tener mal cuerpo (sufrir) el organismo humano en desarrollo? He aquí una de las posibles respuestas a la cuestión clave: según el desarrollo del cerebro, no puede haber dolor antes de la semana 25. Respecto al estatus del cigoto, considérese también que, en el desarrollo normal, con gran frecuencia (véase después) el cigoto no llega a convertirse en un bebé, y que gracias a la biotecnología, muchas células humanas podrían un día llegar a generar seres humanos completos, pues tienen, como los cigotos, “la información genética… que determina la diferenciación celular”. «Un aborto no es sólo la “interrupción voluntaria del embarazo” sino un acto simple y cruel de “interrupción de una vida humana”.» «El aborto es además una tragedia para la sociedad. Una sociedad indiferente a la matanza de cerca de 120.000 bebés al año es una sociedad fracasada y enferma.» Dado que la RAE define “bebé” como “niño o niña de días o de pocos meses” (y en la edición anterior como “niño de pecho”), ¿estarán denunciando las atrocidades de la Alemania nazi? Creo que ni entonces se llegó a tanto. Como no se refieran a matanza de “bebés de foca” en Canadá… Se olvidan, además, de que un aborto no es siempre, ni siquiera generalmente, una interrupción “voluntaria” del embarazo. Según algunas estimaciones, por cada cigoto que prospera hasta el nacimiento, hay al menos otro cuyo desarrollo fracasa en los primeros días, debido a la frecuencia de los abortos espontáneos (muy superior a la de los inducidos). De manera que alrededor de la mitad de los concebidos que se proclama proteger no son nasciturus, sino —valga la licencia— moriturus inmediatus. A quienes, como los obispos, se oponen al aborto por motivos religiosos, cabe preguntarles Quién es el responsable de la temprana eliminación del equivalente a toda la humanidad. Y cómo es que no hacen bautizos in útero, preventivos, después de cada coitus. Y que no se desviven por reducir la principal causa de muerte de “seres humanos” indefensos (¿mujeres bajo vigilancia hospitalaria tras el bautizo?). Como hemos visto ―sin ser exhaustivos―, la lista de “hechos” de la Declaración está llena de juicios morales ajenos a la ciencia, lo que ya se denunció en un Manifiesto “en contra de la utilización ideológica de los hechos científicos”. Pero es que, además, contiene errores garrafales. Así que ojo con el asesoramiento de supuestos “científicos objetivos” que tergiversan la realidad al servicio de su ideología religiosa. Y ojo sobre todo porque esta ideología es muy próxima a la de algunos miembros del TC, en particular a la del ponente Ollero, que llegó a decir en una entrevista de 2008: “Creo que [el aborto] es un tema comparable al de la esclavitud. (…) Igual que fue muy difícil abolir la esclavitud, lo será yo creo acabar con este problema de la legalización del aborto y lo que lleva consigo de muerte de seres humanos.” Y, en la misma entrevista: “un científico sabe que desde la concepción hay vida humana”. Ante los datos científicos reales, queda claro que la cuestión clave está más allá de la ciencia. Dado que, respecto a los primeros meses de desarrollo, tampoco hay consenso social sobre esa cuestión, ¿no se concluye que son las mujeres quienes deben decidir sobre sus embarazos en esos meses? Nadie debiera negarles ese derecho. No debe importar que el ponente Ollero sea del Opus Dei, o que haya más miembros con creencias religiosas contrarias al derecho al aborto. Ni las pías falacias pseudocientíficas, ni la santa intolerancia de quienes tratan de imponer su fe y convertir pecados en delitos, deben impedir que el TC se pronuncie al servicio de la justicia humana, no confundiéndola con la divina.