Portadas como éstas suponen un profundo desprecio al ejercicio democrático de celebrar unas elecciones. Están tan ansiosos los altavoces mediáticos del Partido Popular que no guardan las formas, que sobrepasan líneas rojas deontológicas, que consideran la soberanía popular un mero trámite. Ya han declarado ganador sobre la base de sus deseos y las encuestas. El engorroso y molesto proceso electoral y el veredicto de las urnas lo dan ya por descontado, lo consideran menor, le restan toda la trascendencia. El domingo es un día ya tachado en su calendario (y lo digo sin ninguna segunda lectura histórica del 20-N). Ni se aguarda a la decisión del ciudadano de coger la papeleta y cumplir con su derecho democrático. Da la sensación de querer aupar a Mariano Rajoy a la Moncloa ya, sin tan siquiera esperar al resultado del domingo. La muy favorable tendencia para el PP no debería espantar la prudencia y el rigor en el quehacer periodístico.

Convertir los contactos entre el presidente del Gobierno y el jefe de la oposición en unos momentos tan delicados y complejos como consecuencia de la crisis económica y el futuro de Europa en una baza más electoral al servicio del aspirante supone ya rizar el rizo. En este escenario, con la inestabilidad instalada en el corazón de la UE y los mercados desbocados buscando nuevas presas después de haber devorado a Grecia, Irlanda, Portugal e Italia, no se entendería que los responsables de los grandes partidos políticos de España no hablaran e intercambiaran información, lo contrario sería reprochable e intolerable. La responsabilidad de Zapatero de llamar a Rajoy se convierte en estos medios en plataforma de despegue para el candidato popular. Situar esta práctica democrática de diálogo entre Ejecutivo y oposición en clave de relevo o en el otorgamiento de un papel institucional a alguien que no le corresponde por derecho sólo abunda en ese muy negativo papel de actor político activo que desempeñan algunos medios, pervirtiendo su función social de mediador y convirtiéndose nítidamente en parte. Volvemos a lo de siempre: medios que no ejercen como tal y erosionan el periodismo hasta su fachada más propagandística.