Cuando la izquierda “emergente” reivindica el llamado “derecho a decidir”, no dudan en calificar a quienes no reconocemos ese derecho como poco menos que derechistas de nueva escuela; individuos con un discurso de forma progresista y fondo conservador. Esa identificación de la “verdadera” izquierda con el nacionalismo deriva, sin embargo de una manipulación o, si se prefiere, una mala interpretación de la historia: la izquierda radical (es decir, aquella que se remite a sus raíces, no aquella que defiende posturas extremistas) es, o fue, internacionalista. La voluntad de tumbar muros y deshacer fronteras, de ser ciudadanos del mundo, está en sus genes, y tiene, en consecuencia, un concepto distinto del derecho a decidir. Como vecino de mi ciudad tengo derecho a decidir sobre los asuntos que la conciernen, del mismo modo que tengo (y se me reconoce) derecho a decidir sobre aquello que atañe a Andalucía, mi “tierra”, y en ese mismo sentido soy español y europeo. Y del mismo modo que espero poder decidir sobre lo que ocurre en Idomeni, en Lesbos o en Melilla (quizá no sobre asuntos de ámbito estrictamente municipal pero sí sobre aquellos que atañen a esos lugares como parte de Europa o de España), espero que el derecho a decidir si ha de trazarse una nueva frontera en el país del que formo parte incluya tanto a los que podrían quedar de un lado como a los que quedaríamos del otro. Porque a todos nos afecta, nos separa, esa frontera; porque lo que hay más acá de ella es tan suyo como nuestro lo que quede más allá. Y, apelando a los valores fundacionales de la izquierda, diametralmente opuestos a un nacionalismo que siempre se fundamentó en correlacionar el poseer una identidad cualitativamente distinta y el constituir una identidad cuantitativamente superior, reivindico, desde la convicción democrática de la igualdad, el que todos decidamos por igual y, desde la convicción progresista de la izquierda, el decidir que no. Que no acepto los muros que separan a los hombres por su clase, su lengua, ni su origen. Que no renuncio al derecho a seguir decidiendo sobre una parte de mí mismo.