Poco dura el pan en la casa del pobre y mucho menos la esperanza en el corazón del bienintencionado. Así fue como, lleno de ilusión por conseguir la solicitada entrevista papal, llegué el 15 de enero pasado a Roma, deseando exponer al Pontífice los motivos por los que, desde mi condición de granadino laico y no creyente, la Santa Sede no debía decidir el traslado del arzobispo Martínez a otro desempeño pastoral fuera de Granada, por ser esta jurisdicción (excluyendo por supuesto la otra diócesis granadina de Guadix-Baza) donde mejor se le conoce y aprecia en lo que vale y por no ser justo para otros hipotéticos nuevos feligreses tener que despabilarse a marchas forzadas en conocer los pros y los contras de su persona, habida cuenta de que nadie es perfecto, teniendo así que tardar en asimilar lo positivo de los primeros y lo negativo de los últimos y quedando esta grey mayormente inerme entre tanto. YO EN ROMA, TÚ EN MANILA El caso es que, habiendo yo llegado al Vaticano en la mañana del día viernes 16, conocí que don Francisco había discurrido en marcharse volando a las antípodas filipinas, no sé si porque conocía las buenas intenciones de mi solicitud y la rectitud de mi empeño y no quería él que se le disputara su protagonismo o porque entendió que la gravedad del terrorismo yihadista en el corazón de la vieja Europa era un problema para que lo resolviéramos los europeos y él estaba mejor en los confines insulares del sudeste asiático ayudando a los millones de filipinos pobres e indefensos frente al poder a humillar mejor sus cervices ante la crueldad y arrogancia del mismo. Además, don Francisco es desmadradamente locuaz, como buen argentino, y no hay como dejarlo desbocarse. Así, aprovechó el viaje transíndico y pacífico (en el sentido geográfico de las palabras) para explicar parabolísticamente lo de Charlie Hebdo y su parecido con la ofensa a nuestra madre que, según Freud y según él, justificaría un puñetazo defensivo en la jeta de los humoristas volterianos como violencia proporcional para responder a tal ofensa y descreimiento. Loado sea Dios y viva la santa intransigencia, con el permiso de san Josemaría. ¡Arriba España! ¿Por qué habré dicho yo en otro lugar que no hay quinto malo ni Papa bueno? SU-SEÑOR MARTÍNEZ Ya asomó el lobo la patita por debajo de la puerta y así los tres cerditos le hemos podido ver el plumero albiceleste y las uñas enlutadas. Como se los acabamos de ver (el uno y las otras) a un organismo tan jurídica y canónicamente irregular como la Conferencia de los Obispos del Sur que, aprovechando que por Sevilla pasa el Guadalquivir y nunca digas de este agua no beberé ni este cura no es mi padre, ha salido en defensa cerrada de Su-señor Martínez (ya dije que nunca llamaré "Mon-señor" a quien no es nada mío) afirmando que sufre una sucia campaña de confabulación mediática y que el tal Martínez lo es todo menos un pródigo administrador del patrimonio diocesano y un peor pastor de sus ovejas descarriables. Se ve que tanta imputación laicista y atea resulta de la maledicencia mentirosa y del impulso anticatólico y anticristiano de círculos intelectuales granadinos, andaluces y españoles, si es que sus integrantes merecen ser llamados así, en un recto uso del idioma. Y se nota también que los colegas del Sur de don Javier no han escuchado aún convenientemente las admoniciones del Papa Francisco, ni su exigencia de transparencia eclesial, ni su aparente defensa de un dolce stil nuovo y de un nuovo contenutto en el discurso de los medios católicos oficiales y pastorales. Y como, según cantaba Raffaella Carrà en los años setenta (qué vieja sale ahora cuando la vemos en la RAI) para hacer bien el amor, hay que venir al Sur, que se note que los obispos andaluces defienden el amor verdadero, ese que ni se compra, ni se alquila, ni se vende, ni se consigue con malas artes de personas no iguales, ni libres para otorgarlo libremente. No dejen irse al señor Martínez, que aquí ya se le conoce.