En unas pocas semanas, la sociedad española ha conocido no pocas imágenes y fotografías de jóvenes cargos y militantes del Partido Popular en las que mostraban símbolos y actitudes franquistas, con orgullo y reivindicación. Desde el Partido Popular, la bisoñez de sus protagonistas ha llevado a quitar hierro al asunto –“tontos hay en todos lados”, llegó a decir el veterano y brillante diputado Vicente Martínez Pujalte-, pero la frecuencia con la que se rodean de banderas preconstitucionales los cachorrillos de las nuevas generaciones de la derecha democrática española es un síntoma de algo más profundo y preocupante: la idealización de una dictadura.

No se puede bromear ni menospreciar este asunto. Hay demasiadas banderas con el águila imperial en los cajones y armarios de la militancia de un partido político que en estos momentos es el primer partido del país y que cuando no está en el gobierno es el primer partido de la oposición. Por eso hay que exigir al Partido Popular un claro y contundente respeto a la democracia. Una respuesta nítida de cara a la sociedad y a su propia militancia. Y eso supone un posicionamiento inequívoco, de cara al exterior y también a su interior, frente al franquismo y la dictadura.



El franquismo no fue un período de bonanza y de tranquilidad, el estado natural de un país que no quería violencia. El franquismo fue un régimen dictatorial surgido de un golpe de estado y de una guerra civil cuya sombra todavía está presente en la política española. Durante el franquismo, gracias a la guerra fría y la inesperada ayuda americana, se produjo el natural progreso y mejora del bienestar de muchas familias, y se creó una clase media que ahora ve cómo sus derechos y mejoras vitales se están desmantelando. Pero a cambio se produjo una salvaje emigración interior y exterior, hubo una absoluta ausencia de libertades públicas -entre ellas la libertad de prensa-, se construyó una terrible connivencia de los poderes del Estado que todavía hoy sufrimos, y se concedió un poder omnímodo al ejército y las fuerzas de seguridad.

Por tanto, alguien debería explicar y recordar a los jóvenes que militan en el Partido Popular que el franquismo fue una ciénaga de corrupción política y económica. Que hubo torturas, prisión, destierro y penas de muerte. Y que las víctimas de todas estas atrocidades fueron en su mayoría jóvenes cuyo único delito era político, esto es, desear para España un régimen de libertades individuales y garantías públicas similar al que disfrutaban otros países de Europa. Si España y su democracia son hoy herederas de algo, lo son del compromiso de quienes arriesgaron su vida por la libertad, y no de la reacción de quienes lucharon para evitar que esa libertad llegara a España. Idealizar el franquismo supone falsear la Historia, entre otras muchas cosas.

En este sentido, no está de más recordar que este auge de la ultraderecha no sólo está ocurriendo en España. En países como Austria, Francia, Gran Bretaña, Holanda o Noruega, la ultraderecha es hoy una opción política con miles de adeptos, presencia parlamentaria y creciente influencia pública. Un estudio de Policy Network alerta del avance de actitudes y posiciones reaccionarias, en lo económico y lo social. Y la evidencia es que en Europa las políticas de austeridad están empujando a un número creciente de ciudadanos a convertirse en votantes de partidos políticos que, además de proponer un retorno al nacionalismo económico, también defienden groseros retrocesos en tolerancia y libertades públicas. Hoy, el gran enemigo de Europa y todo lo que simboliza –ese Patrimonio Democrático de la Humanidad, en palabras certeras de Lula- es precisamente el nacionalismo político y económico.

Que en España no haya un partido solvente de extrema derecha se explica porque sus posibles apoyos sociales se sienten cómodos votando al Partido Popular. Y eso no deja de ser una anomalía política. Un partido democrático no debería aceptar votos de ciudadanos que, de manera más o menos abierta, defienden posiciones machistas, racistas, homófobas y cargadas de violencia contra los demás. Y esa posición debería dejarla clara en sus discursos públicos y en sus documentos y debates internos. Por eso es necesaria, en este momento, una reacción clara y contundente del Partido Popular hacia sus cachorros nostálgicos del franquismo. Una simple expulsión por doble militancia no es suficiente. Es una tomadura de pelo para simular de cara a la galería una vergüenza fingida.

En democracia no caben medias tintas. O se está con ella o contra ella. Y quien pretenda volver atrás que lo haga sin el paraguas de los partidos políticos, que precisamente deben garantizar el respeto a las reglas del juego que libremente ha decidido la mayoría de este país. Si el Partido Popular sigue dando calor a estas promesas políticas estará cobijando el huevo de la serpiente. Que estén cómodos sin democracia interna es una cosa. Que además hagan propaganda de que lo están y de lo que realmente piensan es algo mucho más grave y completamente inadmisible. La apología del franquismo sigue sin ser un delito en España. Pero aunque no vulnere el Código Penal, sí que debería vulnerar el código moral de cualquier partido democrático.

 

* Enrique Benítez es diputado socialista por Málaga en el Parlamento Andaluz