Noviembre de 2013. En un reportaje de aquella fecha firmado por el periodista jiennense Juan Armenteros para Andalucesdiario.es se relataba cómo determinadas cooperativas de Jaén estaban apostando por la calidad y para ello habían decidido adelantar a noviembre la recogida de la aceituna: los rendimientos del fruto son inferiores -del 15%, frente al 20% que se obtiene cuando la recolección es en diciembre o enero- pero esa "pérdida grasa con la recolección temprana se compensa por la obtención de aceite de oliva virgen extra que se vende a mejor precio".

La práctica, ciertamente, era y sigue siendo todavía bastante minoritaria en un sector que suma unas 200 cooperativas en toda la provincia, pero es un indicador de que no todo el sector olivarero está atrapado en las inercias agrícolas y comerciales que tanto han lastrado su desarrollo. Muchos están ya en otra cosa, en otras claves y ante otros horizontes.

Un lapsus ¿sin importancia?

El periodista reflejaba los testimonios de distintos protagonistas de esa avanzada práctica consistente en recoger aceitunas verdes en noviembre, y era entonces cuando uno de los olivareros, hablando con la autoridad que le daba el conocimiento de su oficio, explicaba con estas palabras las ventajas del sistema: “No se le hace daño al árbol a la hora de tirar la aceituna y para el año que viene el olivo se recupera antes y vuelve a cargar de aceituna. El inconveniente de que el rendimiento es un poquito más bajo se compensa con el precio de venta del aceite envasado. Cobramos unas 35 ó 40 pesetas más cara la aceituna recogida ahora que la que se recoge en diciembre o enero”.

Es seguro que el desocupado lector habrá visto algo llamativo en esas explicaciones. En efecto, lo llamativo era que el experto olivarero, pese a estar situado él mismo en la vanguardia del sector, siguiera hablando de pesetas después de ¡haberse suprimido la moneda nacional hace década y media!

Mucho por hacer

La anécdota, claro está, es en el fondo irrelevante: que el hombre hablara en pesetas no significa, ni mucho menos, que no supiera lo que estaba diciendo ni, por supuesto, que no supiera contar en euros. Es obvio que sabía hacerlo. Lo que la anécdota tenía de revelador es que, sin pretenderlo, al interlocutor, pese a su solvencia profesional, le había salido el certero e involuntario retrato de un sector donde, tantos años después de la entrada del euro, muchos de sus integrantes todavía seguían hablando en pesetas.

Seguía hablando en pesetas metafóricamente, se entiende, aunque… aunque en muchas ocasiones no sólo metafóricamente. Si alguien que estaba en la vanguardia del sector olivarero, que apostaba por nuevas prácticas, que entendía que la batalla del futuro está en la calidad, si alguien con ese perfil profesional hablaba todavía en pesetas, ¿cómo no habría de hacerlo esa mayoría de olivareros y cooperativistas que no quieren saber nada de vanguardias ni de calidades ni de extravagancias como recoger la aceituna en noviembre?

Grandes y pequeños

Desde hace más de treinta años están bastante bien identificados los problemas del olivar jiennense. El trabajo institucional de la Diputación Provincial y otros organismos públicos y privados ha contribuido decisivamente a ello. Hace treinta años la celebración de una fiesta como la del Primer Aceite con todos los avíos con que ahora se celebra, habría sonado a despilfarro a muchos del sector. Pero el camino es largo. El hecho de que existan esas 200 cooperativas ya lo dice casi todo. ¿Cómo diablos se compite y negocia con las grandes envasadoras o las distribuidoras cuando se está lastrado con una dispersión así de la oferta?

Lo llamativo no es que exista ese problema: lo llamativo es que lo tengamos identificado desde hace tres décadas y todavía estemos en ellos. O formulando la pregunta en términos más metafóricos: ¿cómo diablos puede competir en serio un sector donde todavía tanta gente habla en pesetas, piensa en pesetas y, sobre todo, vende –sigue vendiendo– en pesetas?