Fue hace mucho tiempo. En la España de los setenta y los ochenta toda la izquierda era castrista, desde el socialdemócrata más liberalote al comunista más extremo. Aunque a mediados de los ochenta socialistas y comunistas todavía se mantenían sentimentalmente unidos por el hilo barbudo de Fidel Castro, ya por entonces empezaban a retomar el encono histórico de siempre y volvían a lo suyo, a las acusaciones cargadas de saña y resentimiento que son tan comunes entre los miembros de una familia cuando esta se rompe.

Sin embargo, los vientos de la historia, que de un modo u otro siempre son vientos electorales, soplaban a favor de los socialdemócratas, que entonces, por supuesto, odiaban ser llamados con ese nombre, razón por la cual los comunistas los llamaban, naturalmente, siempre por ese nombre.

El Muro, el PCE, IU y Podemos

Tan contrarios eran los vientos para el comunismo que en el PCE se inventaron Izquierda Unida un poco para seguir siendo comunistas sin parecer que lo eran. Desde finales de los ochenta, la idea misma del comunismo perdió toda centralidad en el discurso político de una Izquierda Unida que, tras la caída del Muro, seguía siendo comunista pero solo nominalmente. En su fuero interno no sabía en verdad muy bien qué era. De hecho, una de las últimas maneras de seguir reconociéndose íntimamente como comunista era proclamándose castrista.

El invento de Podemos tiene también algo de efecto tardío y colateral de la caída del comunismo, pero en mucho menor grado: ciertamente, muchos de los padres fundadores del partido son neocomunistas, pero la inmensa mayoría de los cinco millones de votantes que les siguen no lo son en absoluto. En cómo conservarlos y ampliarlos es precisamente en lo que se debate ahora la formación morada: desde luego, siendo castristas o chavistas no lo conseguirán. 

Después de Castro

Lo del chavismo vino después de Castro, pero ya no era lo mismo: el chavismo comenzó siendo un castrismo sin Castro y ha acabado siendo un chavismo sin Chaves. Hoy Cuba le sigue los pasos a Venezuela estrenando un castrismo sin Castro, pero los días de uno y otro movimiento al norte y al sur del Caribe parecen estar contados. Al fin y al cabo, a ambos les ha ocurrido lo mismo que le ocurrió al comunismo histórico, ya fuera ruso, chino, vietnamita o coreano: que era bastante bueno rompiendo huevos pero mucho menos haciendo tortillas.

El chavismo se desangra sin Chaves y el castrismo lo hará sin Castro, aunque –de nuevo– lo decisivo no es tanto eso como lo que venga después. Después del comunismo soviético ya sabemos lo que vino. Después del chavismo y del castrismo nadie quiere saberlo.

Banderas sobre el polvo

La muerte de Fidel nos ha hecho, ay, viejos de pronto. Por lo demás, hace tanto tiempo que dejamos de ser castristas que hemos olvidado por qué lo fuimos. Puede que al dejar atrás aquella bandera juvenil dejáramos también el credo de la igualdad y la fraternidad internacionalistas que inspiró las décadas más prósperas e igualitarias de la historia de Europa. Hoy se derrumba el estado de prosperidad que guarnecía nuestro futuro y se desvanece el horizonte de fraternidad que alimentaba nuestros sueños, mas no tenemos ya bandera alguna que enardezca nuestros corazones ni doctrina imperturbable que nos aliente a combatir.

El fracaso del comunismo ha sido mucho más que el fracaso de los comunistas. Con el comunismo ocurre un poco lo que, en opinión del filósofo Slavoj Zizek, ocurre con la pena de muerte: que al desterrar las razones para matar a alguien se destierran también las razones para morir por algo.

No echamos de menos el castrismo pero sí el tiempo en que creíamos en él. No éramos más listos pero sí más jóvenes, aunque entonces no podíamos saber que la juventud es una forma de inteligencia que los adultos, por muy inteligentes que sean, jamás derrotarán.