Al igual que el Partido Socialista con Podemos, el Partido Popular nombra poco a Ciudadanos pero cada día piensa más en él. Tanto piensa en él que a veces no es capaz de soportar la presión de sus propios pensamientos y estos logran escapar de su morada interior y campar a sus anchas por la campaña electoral. Fue al delegado del Gobierno en Andalucía, Antonio Sanz, a quien en un descuido en la vigilancia de sus pensamientos se le escapó que no quiere “que mande en Andalucía un partido que se llama Ciutadans y un presidente que se llama Albert “. Luego se desdijo y matizó, pero su rectificación apenas ha sido tomada en cuenta porque la primera versión sonaba inequívocamente verdadera. Nunca falla: cuando la derecha española saca a pasear el espantajo de Cataluña es que tiene miedo. El Partido Popular parece haber comprendido tarde el peligro que supone Ciudadanos, al que las encuestas otorgan una presencia segura en el Parlamento a costa del PP, de manera que ha decidido emplearse a fondo para combatirlo. La alusión de Antonio Sanz a la naturaleza catalana de Rivera y su partido no era una pose. Era un reproche sincero: Sanz, que ha echado los dientes en el PP, repetía lo que lleva oyendo toda la vida en casa, que alguien que se llama Albert pudiendo llamarse Alberto no puede ser de fiar. Por su parte, el candidato popular ha intensificado los llamamientos al voto útil. “Todo lo que no sea votar al PP conduce al PSOE”, dijo ayer en un mitin. Juan Manuel Moreno no aludió, menos mal, a la catalanidad de sus inesperados adversarios, pues él, hijo de emigrantes a fin de cuentas, nació en Barcelona. Ciudadanos es al PP lo que Podemos es al PSOE: el visitante que nadie esperaba y que en pocas horas seduce a la franja más joven e inocente de la familia. La derecha lleva meses divirtiéndose a costa de la izquierda por la súbita aparición de Podemos: además del PSOE e Izquierda Unida, de pronto un nuevo comensal se sentaba a la mesa de la izquierda. Estupendo. Con tanta gente comiendo del mismo plato no iban a tocar a nada, auguraban sus expertos en intendencia electoral. Pero he aquí de, de pronto, llegan y se les sientan a la mesa, delante de sus mismísimas narices, unos tipos que, además de meter la cuchara en un plato que siempre fue suyo y solo suyo, son lo peor que se puede ser en España: ¡catalanes! Y encima ni se molestan en ocultarlo. Los rojazos de Podemos por lo menos son gente normal, de Madrid, Aragón, de Cádiz, gente como hay que ser, cohone. La derecha andaluza teme desangrarse por el costado de Ciudadanos, como la izquierda lo está haciendo por el de Podemos. Ninguno de los dos dicen cosas significativamente distintas, pero las dicen de otra manera, con otra entonación, con otro énfasis y otra frescura. No es que sean mejores exactamente, es que son más jóvenes, que es una manera irrebatible, inigualable, casi metafísica de ser mejor. La juventud tiene méritos y ventajas que la vejez puede comprender, pero no combatir. La única esperanza, de la izquierda en relación a Podemos y de la derecha en relación a Ciudadanos, es que estos jóvenes adversarios no serán eternamente jóvenes: será sentarse en el Parlamento de Andalucía y empezar de inmediato a envejecer. Que se sienten, pensarán una y otra, pero que se sienten poco. Pocos. Casi nada, si puede ser.