A Baltasar Garzón le han montado una cacería ideológica los sectores más conservadores de este país, ya sean políticos, judiciales o mediáticos, para quitárselo de en medio. Es un magistrado incómodo que hurga en temas que molestan a determinados poderes fácticos y remueve la conciencia de muchas capas sociales. Peca de protagonista, de egocentrismo incluso, pero sus instrucciones han permitido enchironar a terroristas, mafiosos, traficantes, corruptos y autores de crímenes de lesa humanidad. Se metió de lleno para limpiar la podredumbre del caso Gürtel y en los crímenes del franquismo, y la derecha ahora triunfante movió a sus peones en las cloacas (los cabecillas de la red corrupta y la organización fascista Manos Limpias) para hacer descarrilar la investigación.

Es increíble que pueda pagar un juez que perseguía la verdad dentro de los límites del estado de derecho antes que los (presuntos) delincuentes. Se ha sentado en el banquillo esta mañana por las escuchas a los letrados de la trama de Correa y El Bigotes con objeto de evitar la evasión de capitales y la eliminación de pruebas. Una medida que tenía sustento jurídico como argumenta el ex fiscal jefe de Cataluña José María Mena en un texto publicado en el blog La Lamentable. La semana que viene lo hará por tener la osadía de atender la petición de las asociaciones de la memoria histórica y remover las cenizas de un pasado que aún tiene víctimas que claman justicia. Impresentable y descorazonador que esto ocurra en España. Huele a chamusquina. Hago mías unas palabras de El Gran Wyoming: “Ante el lío que se ha armado, algunos exigen respeto por la Justicia. Yo lo tengo, y creo que más que algunos encargados de administrarla que nos obligan a vivir esta bochornosa farsa sectaria“.