A mediados de los años ochenta, cuando aterricé en DIARIO DE CÁDIZ, uno de los primeros encargos que recibí fue elaborar un suplemento especial de las playas de la provincia de Cádiz. De cabo a rabo me recorrí todo el litoral gaditano, el atlántico y el mediterráneo, y me quedé impresionado por variedad y belleza. Pero fue en Bolonia donde esa belleza alcanzó un grado máximo que me atrapó para siempre. Una playa atlántica de arena finísima, con una duna gigantesca, apenas cubierta por un puñado de desnudos de parejas de todo signo y condición, daba pie a los restos de la ciudad romana de Baelo Claudia, construida en el siglo II antes de Cristo. Entonces, la grandeza de Baelo Claudia, que llegó a ser una ciudad estratégica en el comercio del Mediterráneo, apenas se vislumbraba, pero se intuía que algo grande se ocultaba entre ese monte bajo donde las vacas pastaban ajenas a los tesoros de su subsuelo. Mi pluma, fresca y repleta de metáforas, me permitió construir un reportaje sobre Bolonia, Baelo Claudia que mereció los elogios de mis compañeros y de nuestros lectores a pesar del carácter publicitario de la publicación. Pero el periodista y amigo Óscar Lobato, entonces en Diario 16, me recriminó con cariño que hubiera descubierto con mi reportaje “uno de los tesoros mejor guardados” de la provincia de Cádiz. Entendí su reproche y su temor a que este enclave paradisiaco fuera descubierto por la masa de domingueros que ya habían colonizado otros lugares mágicos del litoral gaditano. Pero, en mi defensa, le dije que más responsabilidad que yo tenía el entonces líder de IU en Andalucía, Julio Anguita, que, verano tras verano, descubría a doble página ese paraíso natural y arqueológico al resto de los mortales. Después de algunos años sin pasarme por allí, el pasado jueves volví a encontrarme con un atardecer brumoso en Bolonia, de esos en los que el mar se funde con el cielo plomizo. Afortunadamente, gracias en parte a estar bajo el paraguas del Parque Natural del Estrecho, la proliferación de viviendas ilegales había parado. Y las infraestructuras viarias seguían siendo adecuadamente deficitarias para limitar el acceso. Ríos de ciudadanos subían por las dunas y disfrutaban de un mar casi de levante en calma y de una arena que seguía pareciendo oro molido. Me alegró saber que, a pesar de que Bolonia, Baelo Claudia ya no era un secreto, los domingueros hacían un buen uso de este trozo de paraíso. Sentí una enorme satisfacción de que la mangancia vitaminada que ha sacudido nuestras costas no hubiera alicatado este enclave y no hubiera levantado hoteles de lujo para convertirla en una playa privada. Cuando anocheció, con un levante casi asfixiante, disfruté sentado entre los restos del teatro romano de ‘La Odisea’, una obra muy original y meritoria incluida de la programación de Teatros Romanos de Andalucía. Me sentí pleno, como un ciudadano que podía contarlo tras décadas de estropicios en nuestra costa y después de tres años de demolición de toda expresión cultural. Y celebré que los buitres hubieran dejado de rondar a Bolonia y de que Wert se haya marchado, por decreto y con sus mulas, a la embajada de la OCDE para conciliar la vida familiar.