El otro día fui al mercadillo a ver si encontaba una camiseta gris, con poquita manga, de punto liso de algodón, de esas que marcan el busto cuando vas cortando el viento con la jeta a bordo de una moto de manillar desparramado como la leña de un Miura y que, cuando la escuchas carburar, suena como si hubiesen tirado una llave inglesa dentro de un bidón vacío que gira constantemente sobre sí mismo. Eso es una jaca y no las que sacan los rejonadores de moda en San Fermín o la familia Domecq en el paseo de caballos de la Feria de Jerez. Ahí encima, cómo reluce si se le llena la plaza del paquete con un buen trasero no importa de qué género. Quien tenga la suerte de conducirla puede tocar la Gloria con los dedos de una mano y sobrar dedos para tocar también la parte chula del Infierno o, en este caso, del Hades. Una moto así solo tiene un pero y es que no la luce cualquiera ni ensalza a cualquiera que la monte. Figúrense ustedes a Rajoy o a De Guindos, subidos, juntos o por separado, en un vehículo como ese, echados ambos para adelante y vistiendo una camiseta gris, ceñida al torso y a la musculatura de los brazos, con unas mangas casi a la sisa, insinuando, ay, la oscuridad levísima de las pilosidades sobacales, entrando con él en el complejo de Moncloa o dejándolo aparcado junto a la escalinata inaugural de Las Cortes, bajo uno de los leones, en la Carrera de san Jerónimo. Cómo va ser lo mismo que ver a Varufakis a sus lomos aunque no lo acompañe a la grupa Melina Mercury y aunque vaya a presentar la dimisión después de haberse quemado discutiendo con la troika, piropeando a Mario Draghi y haciéndole frente a Angela Merkel sin más finalidad que ganar tiempo para que las lanzas se vuelvan cañas y los griegos se vayan haciendo a la idea de que ellos fueron el pueblo que inventó el teatro y la tragedia y que su sino está regido por la fatalidad. Y a rey Edipo dimitido, ministro nuevo nombrado en su lugar como si de un torero sobresaliente se tratara, a quien le ha llegado su turno de sustituir al primer titular del cartel, claro que con menos glamur y prestancia pero ya verán ustedes que con la misma efectividad porque el guión de la tragedia está escrito y requeteescrito por los hados y a Grecia, de una u otra forma, le quedan menos esperanzas de sortear su sino que a Helena de Troya de escapar de la ira de Agamenón. Y claro ¿cómo continuará el desarrollo de la representación cuando a los principales protagonistas les ocurra lo que les tiene reservado su destino? Queda pues saber qué se nos reserva a los miembros del coro que asistimos entre atónitos y temerosos a la representación de tanta cólera autoritaria almacenada, además de la advertencia disuasoria que el desenlace de la tragedia en sí contiene. No habrá piedad para los rebeldes ni contemporización para aplicarles su merecido a quienes osaron desafiar el poder y la cólera de los dioses. Ese es el contenido de la tragedia que se viene representando desde hace tiempo en la orilla norte del Mediterráneo y nostros (tras los portugueses, pero antes que italianos y franceses. Malta no existe a estos efectos) llevamos tiempo en cola para entrar en la escena y representar la parte que nos toca. Ay, Varufakis mío; ay Varfakis nuestro, de nuestro corazón.