Viví intensamente el cara a cara de Alfredo Pérez Rubalcaba y Mariano Rajoy. La previa la seguí en la Cadena Ser, el debate propiamente dicho en TVE e interactuando a través de Twitter y el postpartido en un zapping de radios,  televisiones y portales digitales. La cita mereció la pena. Lástima que sólo se celebre uno. El formato, a diferencia de lo que piensan la mayoría de los tertulianos y opinadores, fue ameno, vivo e interesante. No veo por ningún lado las supuestas rigideces que ven algunos. Abundan los criterios apriorísticos, empezando por titulares de periódicos que estaban cocinados antes del debate, al calor de unas encuestas, de la debilidad humana ante el hipotético caballo ganador el 20-N y de unas líneas editoriales muy marcadas. Por el contrario, se rompió el previsible guión y los dos aspirantes a la presidencia del Gobierno se liberaron del corsé, mucho más de lo que habrían deseado sus más estrechos colaboradores, sobre todo los PP, porque Rajoy tenía mucho que perder y poco que ganar.

Como ciudadano quedé satisfecho por la oportunidad de contrastar programas, dos modelos de gobierno, y como socialista mucho más. Rajoy puede tener el viento a favor pero no tiene talla para ser presidente del Gobierno, le queda grande el traje. Generó fundadas sospechas sobre sus intenciones en asuntos cruciales como la reducción del subsidio de desempleo, la negociación colectiva en las pymes, la ayuda a los bancos para liberarlos de la carga de sus activos tóxicos inmobiliarios a costa de nuestros impuestos, el futuro del matrimonio entre personas del mismo sexo, los recortes en la sanidad y en la educación públicas… ¿Tiene un programa oculto que no se atreve a sacar? Además, se pasó Rajoy todo el tiempo leyendo los papeles que le habían preparado, no evidenció frescura, sólo previsibilidad y ausencia de espontaneidad, tirando de chuleta como los malos estudiantes. Y necesita clases de refuerzo de geografía andaluza (Constantina y Cazalla son de Sevilla y no de Cádiz).

Rubalcaba, con los elementos a la contra, demostró conocimiento, preparación y soltura para lidiar ese toro en condiciones adversas. Sacó a su adversario de quicio, lo hizo titubear, perder el hilo, le provocó hasta un recrudecimiento de determinados tics nerviosos. En el lenguaje no verbal, al margen del tradicional manoteo del socialista, Rajoy emitía señales de incomodidad y desagrado por el devenir del debate. El candidato del PSOE se mostró más agresivo, más incisivo, más peleón. Tiene que remontar y estaba obligado a jugar al ataque, no le valía el empate, mientras que su contrincante apostaba por conservar y jugar a consumir el tiempo, a que pase de mí este cáliz cuanto antes. Rubalcaba desgranó un programa de izquierdas, con mensajes muy nítidos y diferenciadores de los modelos. Me quedo con dos ideas novedosas: pedir a la Unión Europea una demora de dos años en la aplicación de las exigencias del déficit (con tanto ajuste, la economía se está quedando anémica) y replantear las Fuerzas Armadas para ahorrar en beneficio de los servicios públicos.

No hace falta que diga quién creo honestamente que ganó el debate. Y lo pienso con la corazón y, fundamentalmente, con la razón.