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Heráclito

Vie, 1 Jun 2018

Quizá mi griego preferido desde que me topé, hace años mil, con su metáfora del río. “En los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los mismos]”. En Diels-Kranz, Fragmente der Vorsokratiker, 22 B12.

De Heráclito, que tuvo su época culminante en el 500 a. de C. poco de se sabe de su vida, excepto que era un ciudadano aristocrático de Éfeso. Y, ante todo, fue famoso en la antigüedad clásica, por su doctrina que decía que todo se halla en un estado fluyente. Hay que tener presente que Heráclito, aunque jonio, no pertenecía a la tradición científica de los de Mileto. Francis Macdonal Cornford, el filólogo inglés, lo pone de relieve con razón: Heráclito es frecuentemente mal interpretado, asimilándole a otros jonios. Era un místico, pero de una clase especial. Consideraba el fuego como sustancia fundamental.

La metafísica de Heráclito es lo suficientemente dinámica, como para satisfacer al más inquieto de los modernos. “Este mundo, que es el mismo para todos, no está hecho ni por los dioses ni por los hombres, sino que fue siempre, es ahora y siempre será, un fuego sempiterno, con unidades que se encienden y otras que se apagan”. En un mundo semejante, se puede esperar un cambio perpetuo, que es lo que creía Heráclito.

Mantenía otra teoría, que le era más esencial aún, que la idea de corriente perpetua: era la teoría de  la mezcla de cosas opuestas. Decía Heráclito: “Los hombres no saben, como la discordia está de acuerdo consigo. Es una armonía de tensiones opuestas, como el arco y la lira”. Hay unidad en el mundo, pero esta unidad es el resultado de diversidades. “Lo uno está hecho de todas las cosas, y todas las cosas proceden de lo uno”.

Sin embargo, no habría unidad si no existieran antagonismos que combinar: “Lo opuesto es bueno para nosotros”. Esta doctrina contiene el germen de la filosofía de Hegel que, como sabemos, procede por una síntesis de contrarios. La metafísica de Heráclito, como la de Anaximandro, está dominada por una concepción de justicia cósmica, que impide que la lucha de elementos opuestos, termine jamás en la completa victoria de unos.

La doctrina de que todo se halla en un estado fluyente, es la idea más famosa de Heráclito, y la más ensalzada por sus discípulos, como la vemos descrita en el “Teetetes” de Platón. En donde, un tanto erróneamente, la traduce como “No se puede pisar dos veces en el mismo río, porque las aguas nuevas siempre están fluyendo encima de ti”. Cuando, según los expertos, la traducción más correcta sería: “Pisamos, y no pisamos en el mismo río, somos y no somos”.

Pero como quiera que sea, Platón y Aristóteles concuerdan en que Heráclito enseñó que “nada es nunca, todo está haciéndose” (Platón), y que “nada es constante” (Aristóteles). La búsqueda de algo permanente, es uno de los instintos más profundos, que lleva a los hombres a la filosofía. La religión busca la permanencia en dos formas: en Dios y en la inmortalidad. Y muchas desgracias, pueden llevar de modo probable a los hombres, a volver a las formas antiguas superterrenas: si la vida sobre la Tierra trae consigo la desesperación, solamente en el cielo se puede buscar la paz. De ahí proviene, según Bertrand Russell, la doctrina de la inmortalidad que arraigó entre los judíos. Habían creído que la virtud sería recompensada aquí en la Tierra, pero la persecución que cayó sobre los más virtuosos, decretada por el rey seleucida Antioco IV, que estaba determinado a helenizar todos sus dominios, puso de manifiesto que no era así. A fin de salvaguardar la justicia divina, por lo tanto, fue necesario creer en recompensas y castigos futuros, en el otro mundo.

Heráclito mismo, a pesar de su creencia en el cambio, pareció tener necesidad de admitir algo duradero. En su filosofía el fuego central nunca se apaga: el mundo “fue siempre, es ahora y será siempre, un fuego de vida eterna”. Pero si intelectualmente lo miramos bien, el fuego varía continuamente, y su permanencia es más bien la de un proceso que la de una sustancia. Aunque sería arriesgado por nuestra parte, atribuir esta idea al propio Heráclito. La ciencia, como la filosofía, ha intentado evadirse de la doctrina del flujo perpetuo, encontrando un substrato permanente, en medio de los fenómenos cambiantes. La química parecía cumplir este deseo. Se supuso que los átomos eran indestructibles, y que todo cambio en el mundo físico, consiste meramente en una nueva disposición de elementos persistentes. Esta idea predominó hasta que el descubrimiento de la radioactividad, hizo ver que los átomos podían desintegrarse.

Sin darse por vencidos, los físicos inventaron unidades nuevas, más pequeñas, que llamaron electrones y protones, de los cuales se componen los átomos, y durante años se supuso que estas nuevas unidades, poseían la indestructibilidad antes atribuida a los átomos. Desgraciadamente parecía que los protones y electrones podían chocar y estallar, formando no una sustancia nueva, sino una onda de energía, que se extiende por el universo con la velocidad de la luz. La energía tenia que sustituir a la sustancia, respecto a la permanencia. Pero la energía, distinta a la sustancia, no representa el refinamiento de la noción vulgar de una “cosa”, es meramente una característica de procesos físicos. Puede arbitrariamente, identificarse con el fuego de Heráclito, pero se trata de la acción de arder, no de lo que arde. “Lo que arde” ha desaparecido de la física moderna.

La doctrina del fluir perpetuo, tal como la enseñó Heráclito, es dolorosa, y la ciencia, como hemos visto, no logra refutarla. Una de las principales ambiciones de los filósofos, ha sido revivir esperanzas que la ciencia parecía haber matado. Por lo tanto, los filósofos han buscado con gran ahínco, algo que no esté sometido al imperio del tiempo. Búsqueda que se inició ya con Parménides. Los físicos modernos son partidarios de Heráclito contra Parménides. Pero lo fueron de Parménides, hasta que llegaron Einstein y la teoría de  los cuantos.

Veamos finalmente la crítica de la doctrina de Heráclito. Muy pronto se la llevó al extremo, de acuerdo con la práctica de sus discípulos, entre los brillantes jóvenes de Éfeso. Una cosa puede cambiar de dos maneras, por locomoción y por cambio de cualidad, y la doctrina de la fluencia afirma que todo cambia siempre en ambos aspectos. (En la doctrina que examina Platón, hay cambio de cualidad y de lugar, pero no de sustancia. Y a este respecto, la física moderna de los cuantos, va más allá que los discípulos más extremos de Heráclito en tiempos de Platón. Éste lo hubiera considerado fatal para la ciencia, pero no ha resultado así). Y no sólo todo sufre siempre “un” cambio cualitativo, sino que todo cambia siempre “todas” sus cualidades, así, al menos se nos dice, pensaban los inteligentes de Éfeso. Esto tiene malas consecuencias. No podemos decir “esto es blanco”, porque si era blanco cuando empezamos a hablar, ya no lo será cuando terminemos la frase.

Lo que viene a ser el argumento mencionado es que, cualquiera que sea la cosa que pueda estar en perpetua fluencia, los significados de las palabras deben fijarse, al menos una vez, puesto que de otra manera no se determina ningún aserto, y ninguno es más verdadero que falso. Debe haber “algo” más o menos constante, si el discurso y la ciencia han de ser posible. Russell creía que esto debía admitirse. Pero, añadía, una gran parte de fluencia es compatible con esta admisión.

Pues esto.