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cultura y moral

La cultura y la moral

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Mié, 2 Mayo 2018

dmitri popov UNPLASH

Un libro hace relativamente poco publicado en España (“Creer y destruir. Los intelectuales en la máquina de guerra de las SS”, del historiador francés Christian Ingrao) me ha llevado a reflexionar sobre la NO relación mecánica que hay entre la Teoría y la Política (esa manía de muchos políticos de falsear sus curriculums, para aparecer como más aptos para el desarrollo de la misma) o la Cultura y la Moral.

En cuanto a la Teoría y la Política, ya escribí varias veces sobre ello, cuando apareció Podemos, trufado de dirigentes con curriculums académicos impresionantes. “Pensar la política (la teoría) no es lo mismo que pensar políticamente (la práctica)” advertí. Hoy parece que ya lo hemos comprobado. Por eso lo de los curriculums no hay por donde cogerlo. Ciertos políticos mienten a la ciudadanía, por algo que además tampoco es cierto: que los ciudadanos votan o los partidos eligen, a los que disponen de un mejor expediente académico. ¿Cuántos ciudadanos en 1982, votaron a Felipe por su expediente académico, que por cierto no era gran cosa? Julián Besteiro era Doctor en Filosofía y Catedrático de Lógica. Largo Caballero un simple obrero manual, estuquista. Y sin embargo fue el último, quien políticamente se llevó el gato al agua. Si históricamente, eso fue para bien o para mal, es un debate diferente. Henry Ford, Steve Jobs, Le Corbusier, Bill Gates… y tantos y tantos otros, no tuvieron o no tienen título académico.

Y por lo que respecta a la NO relación entre Cultura y Moral, lo explica muy bien Ingrao en su libro, relacionando el nivel intelectual de muchos de los dirigentes nazis, con sus brutales fechorías.

La imagen que se tiene popularmente de un oficial de las SS – escribe Jacinto Antón en la reseña del mencionado libro -  es la de un individuo cruel hasta el sadismo, corrupto, cínico, arrogante, oportunista y no muy cultivado. Pero ahora Ingrao, especialista en el tema, nos ofrece un perfil muy diferente y desasosegante. Hasta el punto de identificar a un alto porcentaje de los mandos de las SS, como verdaderos “intelectuales comprometidos”.

Ingrao analiza pormenorizadamente, la trayectoria y las experiencias de 80 de esos individuos que eran académicos – juristas, economistas, filólogos, filósofos e historiadores – y a la vez criminales. Asesinos de masas en uniforme con un doctorado en el bolsillo. Y cultos como Heydrich, que leía mucho y tocaba el violín. O como Eichmann que leía a Kant.

Resulta cuando menos curioso y difícil de entender que gente muy formada, pudiera meterse así en la práctica genocida, pero el nazismo es un sistema de creencias que genera mucho fervor, que cristaliza esperanzas, y que funciona como una droga cultural, en la psique de los intelectuales.

Ingrao recalca, que el hecho resulta menos excepcional de lo que parece. “En realidad, si examinamos las masacres de la historia reciente, veremos que hay intelectuales bajo el felpudo. En Ruanda, por ejemplo, los teóricos de la supremacía hutu, los ideólogos del Hutu Power, eran diez geógrafos de la Universidad de Lovaina. Casi siempre que hay asesinatos de masas, hay intelectuales detrás”.

¿Pero el nazismo no les inspiraba repugnancia moral? nos preguntaremos. Desgraciadamente, la “moral” es una construcción social y política para estos “intelectuales”.

Los teóricos del nazismo, de la germanización, trabajaban para crear una nueva sociedad, así que el asesinato era una de sus responsabilidades para crear la utopía (lo mismo podemos decir de muchos de los intelectuales del estalinismo). Ingrao sostiene que los intelectuales de las SS no eran oportunistas, sino personas ideológicamente muy comprometidas, activistas de una cosmovisión, en la que se daban la mano el entusiasmo, la angustia y el pánico, y que, paradójicamente, abominaban de la crueldad. “Las SS era un asunto de militantes. Gente muy convencida de lo que decía y hacía, y muy preparada. Hay que aceptar la idea de que el nazismo era atractivo, y que atrajo como moscas a las élites intelectuales del país”. Y no nos olvidemos de Heidegger.

Pues eso.