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Pensamientos cautivos
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Patrick Tomasso @impatrickt

Pensamientos cautivos

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Mar, 13 Feb 2018

Nos relata Tony Judt en “El refugio de la memoria”, como Czeslaw Milosz, que creció en la república polaca de entre guerras, sobrevivió a la ocupación y era ya un poeta de cierto prestigio, cuando fue enviado a Paris como agregado cultural de la nueva república popular. Pero en 1951 desertó trasladándose a Occidente. Y dos años más tarde publicó su obra de mayor influencia, “El pensamiento cautivo”. Su lectura sigue vigente, opina Judt, y es, con diferencia, el más intuitivo y perdurable ensayo, sobre la influencia que ejerció el estalinismo en los intelectuales y, más genéricamente, sobre el atractivo de la autoridad y el autoritarismo para la “intelligentsia”.

En su mencionada obra Milosz estudia a cuatro de sus contemporáneos y los autoengaños en los que cayeron, en su viaje de la autonomía a la obediencia, subrayando lo que él llama: la necesidad de los intelectuales de un “sentimiento de pertenencia”.

En mi opinión hay dos imágenes del libro que merece la pena recordar. Una es la “píldora de Murti Bing” en “Insaciabilidad”, una poco conocida novela escrita en 1927 por Stanislaw Ignacy Witkiewicz. En ella los centroeuropeos, a punto de ser conquistados por unas hordas asiática no identificadas, toman una píldora que los libera del miedo y la ansiedad; animados por sus efectos, no sólo no se enfrentan a sus ocupantes, sino que son felices por tenerlos como nuevos amos.

La segunda imagen podría ser la del “ketman”, inspirada en la obra de Arthur de Gobineau “Religiones y filosofías de Asia Central”, en la que un viajero francés da cuenta del fenómeno persa de las identidades electivas. Quienes han interiorizado el modo de ser que les convierte en “ketman”, pueden vivir con la contradicción de decir una cosa y creer otra, adaptándose a cada nuevo requerimiento de sus gobernantes, convencidos de que han preservado, en algún lugar del interior de sí mismos, la autonomía de alguien que piensa libremente o, en todo caso, de un pensador que ha optado libremente, por subordinarse a las ideas y dictados de los otros.

Escribía Milosz que “el ketman reconforta, invitándonos a soñar con lo que podría ser, y hasta el muro circundante, nos permite el consuelo de la ensoñación”. Escribir para el cajón del escritorio – muchos opinarán que eso es lo que debería hacer yo – se convierte en un signo de libertad interior. Al menos su audiencia – piensan los pretenciosos – les tomaría en serio si pudiera llegar a leerles.

Entre el ”ketman” y la “píldora de Murti Bing”, Milosz disecciona brillantemente el estado de ánimo del “compañero de viaje” – como se decía en mi juventud – del idealista engañado y del zángano cínico. Su ensayo – a mi modesto entender – es más sutil que “Oscuridad a mediodía” de Arthur Koestler, y menos implacable, desde un punto de vista lógico, que “El opio de los intelectuales” de Raymond Aron.

“El pensamiento cautivo” tropezó con frecuencia con cierta incomprensión. Milosz daba por supuesta, la captación intuitiva de la mentalidad del “creyente”: la del hombre o la mujer que se han identificado con la historia, y se alinean entusiásticamente con un sistema, que los priva de la libertad de expresión. Allá por 1951, él podía razonablemente asumir que ese fenómeno – ya fuera asociado con el fascismo, con el comunismo, o con cualquier otra forma de represión política – sería sobradamente conocido.

Pero Tony Judt nos recuerda que en sus clases de los años setenta, pasó la mayor parte de su tiempo, explicando  a estudiantes presuntamente radicales, por qué un “pensamiento cautivo” no era algo bueno. Y que, treinta años después, su joven audiencia se quedaba sencillamente perpleja: ¿Por qué vendería alguien su alma a “cualquier” idea, mucho menos a una idea represiva? Pasado el umbral del siglo XXI, pocos de sus estudiantes norteamericanos habían conocido alguna vez a un marxista. El abnegado compromiso con una fe secular, estaba fuera del alcance de su imaginación. Cuando comenzó como profesor, nos explica Judt, su desafío consistía en explicar por qué la gente perdía su ilusión por el marxismo; pero que hoy el obstáculo insuperable al que uno se enfrenta, es el de explicar la ilusión misma.

Los jóvenes de hoy si lo leyeran, puede que no comprendieran la importancia del libro de Milosz, y su estudio les parecería una pérdida de tiempo. Represión, sufrimiento, ironía e, incluso, creencia religiosa, todo eso podrían entenderlo. Pero ¿el autoengaño ideológico? De este modo los lectores actuales de la gran obra de Milosz, se parecerían a los ciudadanos occidentales, que no entendía a los emigrados de los países comunistas. “Ello no saben – escribía Milosz – lo que uno paga; los que están fuera no lo saben”.

Pero hay más de una clase de cautividad. Recuerdo aún perfectamente el trance, tipo “ketman”, de los intelectuales arrastrados por la deriva bélica de George W. Bush, no hace tantos años. Confirmaban su abducción por el modelo “ketman”, cuando años después afirmaban con orgullo: “tuvimos razón al equivocarnos”, un eco revelador, aunque quizá inconsciente, del “plaidoyer” de los compañeros de viaje franceses: “Mejor habernos equivocado con Sartre, que haber dado la razón a Aron”. Como se mide mejor el grado de esclavitud, en el que una ideología mantiene a un pueblo, es por la colectiva incapacidad de este para imaginar alternativas. Sabemos de sobra que la fe sin límites en los mercados desregulados, mata. Y sin embargo, ahí están tantos gobiernos presos por la lapidaria frase de Margaret Thacher: “No hay alternativa”.

Y no aprendemos de la historia, pues fue precisamente en tales términos, como el comunismo se presentó a sus “beneficiarios” después de la Segunda Guerra Mundial. El que tantos admiradores de Stalin en el extranjero, fueran arrastrados a la cautividad intelectual, se debió a que la historia no supo presentar un relato alternativo al comunismo. Pero cuando Milosz publicó “El pensamiento cautivo”, los intelectuales occidentales aún discutían entre modelos sociales genuinamente competitivos, ya se tratara de socialdemocracia, de mercado social, o de variantes de mercado regulado del capitalismo liberal. Hoy desgraciadamente, a pesar de alguna aislada protesta keynesiana, reina el acuerdo sobre el llamado “consenso de Washington”.