El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias (d), se saluda con el exdirigente de IU, Julio Anguita, a la finalización de un acto de precampaña en Córdoba. EFE
Julio Anguita y Pablo Iglesias.
mi altocargo y yo

Anguita cuando te nombro

'De ahí Anguita iluminando desde Córdoba el desierto con esa delirante Federación de Repúblicas Ibéricas Plurinacionales'

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Dom, 26 Nov 2017

A Julio Anguita le encanta (ba?) ser Julio Anguita. Pertenece a esa época y a esa estirpe de políticos cuyos personajes ahogan a las personas que llevan dentro. No se trata de ideología, ni siquiera de política. Se trata de ellos. Se trata de él. Un él mayúsculo que se ofrece como imán para desnortados, para criaturas que necesitan que les iluminen el camino. Y otra cosa no, pero Anguita ilumina a la vez como iluminador y como iluminado.

Muerto y mal enterrado el comunismo, purgado el carrillismo, Anguita emerge con una biblia casera que consistía en agrupar de mentirijilla a todos los satélites del PCE a cambio de una nueva marca electoral que maquillara los ecos pavorosos del terror estalinista y los archipiélagos gulajs. Bajo la mascarilla de Izquierda Unida parecían comunistas menos comunistas, ecológicos y enrollados con la movida. Como aquel cura del colegio de mi altocargo que observaba con seria preocupación cómo la juventud se dejaba melenas, fumaba tabaco sin emboquillar y usaba un leguaje raro: “que lo sepáis -levantó hacia los cielos el dedo índice desde el púlpito- Jesucristo, como John Lenon, también era un tío cojunudo”. Podemos decir que Anguita se inventó una especie de comunismo con el márketing un poco más cojonudo.

El laboratorio de cómo la persona Julio Anguita se crecía en el personaje Julio Anguita era la alcaldía de Córdoba. La fórmula tuvo tanto éxito que una buena parte de la población local votaba sociata en las autonómicas y en las generales y no se cortaba un pelo en votar anguitismo en las municipales.

Mi yo periodista se desplazó enfebrecida por la emoción a conocer cómo era aquel paraíso de la Córdoba del gran Julio Anguita. Cómo habrían prosperado los barrios marginales, cómo habría desaparecido el catolicismo procesional en los actos municipales y cómo la hermandad se extendía por las alamedas. En fin, todavía algunas noches me despierto llorando del desconsuelo.

En el cénit de su misión visionaria, el personaje Julio Anguita hizo comulgar a los remiendos de IU con un llamativo evangelio: la derecha sólo era el adversario, el enemigo verdadero era la socialdemocracia felipista, que se había entregado sin pudor a las mieles del capitalismo. No se trataba pues de derrotar a la derecha sino de derrotar a los socialistas, convertirlos en una fuerza irrelevante y alcanzar la gloria del sorpasso.

La cosa no funcionó nunca pero a Anguita y a su pupilo Rejón les sirvió para pasarse dos años en Andalucía haciendo manitas con Javier Arenas y arrojando a la basura en pocos meses sus históricos resultados. Eso sí, con mucha gloria mediática para sus respectivos personajes. Especialmente en las teles, las radios y los periódicos de las derechas.

A Pablo Iglesias le encanta ser Pablo Iglesias La cosa no va de ganar o perder o de tener algo más que una diarrea dialéctica de autodeterminaciones en la nueva calentura territorial. Se trata de él. Un él mayúsculo y pluscuamperfecto. De ahí el viejo y fracasado sorpasso de nuevo. De ahí Anguita iluminando desde Córdoba el desierto con esa delirante Federación de Repúblicas Ibéricas Plurinacionales. No se trata de política. Tampoco  de ideología. Se trata de ellos.

 

Cristina Espinoza es periodista casi a su pesar y licenciada en Ciencias de la Información