Da igual en qué cadena o en qué formato se viera el cara a cara entre Mariano Rajoy y Pedro Sánchez. En el mismo momento en que se inició la señal de la Academia de la Televisión, todos experimentamos la inercia de viajar en un DeLorean y nos sentimos catapultados al pasado. Y no sólo porque fuera el debate de un bipartidismo al que le quedan unos días de vida.

Todo olía a siglo pasado: la entradilla musical, esa mesa blanca, el mismo moderador de siempre y, como siempre, el señor Rajoy de contendiente, rodeado de papelotes manuscritos y arrancados de un cuaderno con anillas. Lo único nuevo era la identidad del candidato socialista, a quien, para no desentonar, Rajoy intentó trasmutar en Zapatero a base de repetir “cuando usted gobernaba”. Para cuando Campo Vidal dijo que le habían “enviado un Twitter” a mi televisor le empezó a crecer de manera espontánea una funda blanca de ganchillo.

En este debate, su “medio natural”, Rajoy hizo lo que mejor sabe: mentir a sabiendas y tachar de mentiras las verdades del barquero. España sí fue rescatada, el déficit ha bajado por la sangría a la que ha sometido a las administraciones locales, su Gobierno ha asaltado a mano armada la hucha de las pensiones, los dependientes han sido abandonados hasta la muerte y ha recortado las prestaciones de los parados.

Si hay que destacar un error de Sánchez, sería su resbalón con el aborto, cuando acusó a Rajoy de haber recortado el derecho de las mujeres a ser madre. El presidente del Gobierno vio una tabla de salvación flotando y se agarró a ella para intentar escapar de la marejada sobre su tolerancia con la corrupción. El líder socialista estuvo ahí flojo, respondiendo “usted ya sabe a qué me refiero, señor Rajoy”.

Sánchez tendría que haber reconocido que, aunque ha restringido el aborto a las menores, Rajoy no acabó con el derecho a abortar, pero porque no le dejaron sus propios votantes, no por falta de ganas. Sobre todo, entre sus ministros, con un Gallardón ya sin máscara progresista y con un ministro del Interior que llegó a comparar el aborto con ETA, quizás influido por Marcelo, el ángel de la guarda que ejerce de gorrilla a tiempo parcial.

Tanto hemos tragado estos años que, por un momento, los argumentos de Sánchez sonaron caducos porque parece que fue hace un siglo cuando Rajoy mandaba mensajes a Bárcenas para que fuera fuerte. Sin embargo, esos ataques eran necesarios y fueron los que dieron al líder socialista la victoria. Sánchez tuvo la oportunidad de decir a Rajoy a la cara lo que muchos españoles querríamos haberle espetado hace tiempo, pero que se nos había hecho imposible porque siempre le encontramos parapetado tras un plasma o una vicepresidenta.

A lo largo de esta legislatura, el PP ha usado su mayoría absoluta para rechazar que Rajoy diera la cara en el Parlamento hasta en 70 ocasiones. Un tercio de esas peticiones era para recordarle que es un corrupto, otro tercio era para decirle que es un mentiroso y el resto, para señalarle que sus recortes rozaban la psicopatía, entendida como falta de empatía con quienes sufrían el hachazo.

El lunes, Rajoy pagó con intereses la deuda que tenía con la democracia y se entiende que no quisiera acudir al resto de debates, porque la tunda habría sido de campeonato.

Marcos Paradinas es redactor jefe de ELPLURAL.COM
Blog El Día de la Marmota