“El cambio”, “la nueva política”, “la España inédita que surgirá del 20N”. Sea como sea, los nuevos han llegado para quedarse, y eso está bien. Al igual que al PSOE le hacía falta un partido potente y con posibilidades que le recordase que hay una España a su izquierda, hacía tiempo que pedíamos que llegara una nueva derecha que sirviera de acicate al PP. Queríamos una derecha moderna, más centrada. Pero el resultado ha sido decepcionante.

Para tener una derecha que desciende de la ultraderecha, que se gestó en los despachos de Intereconomía, la cadena de televisión más infame que ha visto este país, ya teníamos al PP, que bajó del árbol genealógico del franquismo.

Para tener una derecha que se niega a reconocer que la violencia de género existe porque existe el machismo y que no se puede poner al mismo nivel el asesinato por sistema que el asesinato anecdótico, ya teníamos al PP, con Ana Mato y su “violencia en el ámbito familiar”. Y para hacer trampas con las denuncias falsas de mujeres maltratadas, nos bastaba con cuarto y mitad de Toni Cantó, quien por cierto será número dos de Ciudadanos por Valencia.

Para que nos vendan la milonga de que el 11M es un misterio digno de ser investigado por Iker Jiménez ya teníamos bastante con los halcones del PP. Para que, después de cientos de horas de juicio y miles de páginas de sentencia, nos digan que “no se sabe lo que pasó” aquel infame día de 2004, prefiero quedarme con la versión original de Aznar y sus “desiertos remotos y montañas lejanas”.

Para que me intenten convencer de que los homosexuales no son dignos de poder acceder al matrimonio porque “genera tensiones innecesarias y perfectamente evitables en la sociedad” y que pueden conformarse con celebrar “uniones” ya tengo a Jorge Fernández Díaz y sus vírgenes policía.

Para que se trate a las mujeres como ineptas incapaces de decidir sobre su vida, para que me digan que “el aborto no es un derecho, sino un fracaso”, ya teníamos al señor Gallardón, que además salpimentaba su derechismo con rencores familiares estancados, aportando cierta riqueza literaria de la que Rivera carece.

Para que me digan que, después de todos los años de duro trabajo de mis abuelos, tienen que pagar por partida doble sus medicinas porque “es una cantidad que aprieta, pero no ahoga”, ya teníamos a Echániz y su comparación del copago con “cuatro cafés al mes”.

Para que me obliguen a “trabajar por lo que queremos ser”, nos digan que “dejemos de preguntarnos qué somos” y nos prohíban descubrir lo que fuimos, ya teníamos a Rafael Hernando y sus insultos a las víctimas del franquismo. Para que Rivera se niegue a quitar honores a Franco porque crea que es lo mismo que quitar el busto del Rey en Barcelona ya teníamos la pobreza argumental de Rajoy.

Al final de todo, el cambio sólo era estético. El apelativo denigrante de “menina” para Soraya Sáenz de Santamaría se torna en el angelical rostro de Inés Arrimadas. Los ojos guiñosos de Rajoy son sustituidos por los bíceps esculpidos de Rivera, que amenazan con hacer saltar por los aires las costuras de sus trajes a medida.

Para este viaje no hacía falta alforjas. Para contemplar copias idénticas con rasgos apolíneos bastaba sintonizar Mujeres, hombres y viceversa.

Marcos Paradinas es redactor jefe de ELPLURAL.COM
Blog El Día de la Marmota