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A qué suena un Nobel de Literatura

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Jue, 13 Oct 2016

Bob Dylan era un chaval agarrado a una guitarra. Puede parecer simple pero él ya había aprendido de Woody Guthrie que esa es un arma definitiva. Así que se puso a disparar. Las balas eran versos afilados, entonados con su voz nasal y queda. Golpes al establishment de un tipo que parecía tan frágil que podría ser arrastrado por el viento.

La protesta como género

Así convirtió la protesta social en un género musical apoyado en el rollo folkie. En 1963, con The Freewheelin’ provocó un terremoto con el vuelo de una mariposa. Blowin´ in the Wind y A Hard Rain’s A-Gonna Fall le pusieron al frente de la manifestación. En la época más convulsa de la sociedad norteamericana desde la Segunda Guerra Mundial, Dylan se erigió en el flautista de Hammelin. Sin él quererlo ni pretenderlo. Es así cómo surgen los héroes.

Era un buen sitio en el que estar. Con el reconocimiento de toda una nación y el respaldo a cada palabra y cada verso. Pero para él no era suficiente. Porque Dylan no es un político. Es un artista. Por eso ha ganado el Nobel de Literatura, no el de la Paz.

Bob Dylan eléctrico

Así que en 1965 se decidió por su famosa y controvertida electrificación. Con el simple gesto de cambiar su guitarra acústica por una eléctrica se enfrentó a su propio personaje. Muy pocos lo entendieron en aquel momento. Bringing It All Back Home y sobre todo Highway 61 Revisited fueron acogidos como una traición. Hoy son obras elementales de la música popular del último siglo.

No solo cambió el sonido. También el contenido. De las proclamas pasó a la ironía, algo mucho más acorde con él mismo. Al final resultó que, una vez más, tenía razón. El mensaje pasó de la calle a la tele. Del círculo más o menos íntimo al público global. También ayudó el ir firmado una obra maestra tras otra. Blonde on Blonde, Nashville Skyline y Blood on the Tracks unos años después.

Los ochenta no fueron buenos para Dylan. No fueron buenos para nadie. Pero navegó la ola con la experiencia y el talento que ya no se pueden negar. Al final de la década, junto a Roy Orbison, George Harrison y Tom Petty formó Traveling Wilburys, con los que volvió a la senda del éxito de la forma más insospechada.

El dinosaurio

A partir de ahí, la vida de dinosaurio. Giras mastodónticas. Discos correctos que encierran alguna canción brillante. Pero sobre todo, el ser una referencia andante para tantísima gente.

Y al tiempo un alejamiento del viejo Dylan. Con conciertos de telonero de Juan Pablo II o pactando el repertorio en su gira china para no molestar a las autoridades con temas que el público pudiera considerar himnos para un nuevo Tiananmén.

Pero es el lugar que Dylan ha alcanzado a pulso. Ese al que pocos artistas llegan. El de poder hacer lo que le dicta su interés, cansado de responder a lo que dicta la conciencia. Quién puede reprochárselo. Él ya se lo ha trabajado. Ahora les toca a otros.

El premio

Es el primer músico galardonado con el premio Nobel de Literatura. Porque sus versos han vestido tantas pancartas y posters que se han convertido en mantras de la sociedad occidental. No es que Dylan haya pasado por el aro y se haya vendido. Es que la sociedad que hoy conocemos es, en buena medida, tal y como él la construyó.