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Agradecido otoño, desagradecida ansiedad

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Sáb, 12 Nov 2016

Agradecido otoño,

De mañanas frías y noches que invitan a la reflexión. Enfrentarse a una hoja en blanco duele un poco menos cuando el té caliente está cerca y fuera amenaza con tormenta. El sol desaparece pronto y los árboles se desnudan. Es época de cambios, propensa a acabar historias pero también a empezar de nuevas. Y qué dec

Suena el móvil y me distraigo. Dejo una frase a medias del nuevo post. Vuelvo a la realidad, pestañeando mientras observo dónde estoy; el otoño tiene tintes románticos de los cuales prescinde mi habitación: hay una lata de cerveza a medio acabar (que siempre ayuda en el proceso creativo), hay una fina capa de polvo sobre todos los muebles porque no tengo tiempo para limpiar y más de lo mismo con la ropa desordenada entre el suelo y la cama.

Suspiro.

Hago gala de mi capacidad multitarea mientras alcanzo el móvil con la derecha y la cerveza con la izquierda. Un sorbito con los ojos cerrados y la dejo. Miro las notificaciones: Tengo un mensaje de whatsapp de Enric y suenan muy convenientemente The Lumineers “Oh, Ophelia, Heaven helps the fool who falls in love”. Resoplo y leo el mensaje. Nada más que conversación banal: qué tal, cómo va. Sonrío y aún resuenan los ecos de Ophelia.

No contesto inmediatamente. Es más, no sé qué contestar. Nunca consigo discernir entre qué es lo interesante y qué es lo que no debería decir. Cuando tengo que hablar con alguien, siempre noto un punto de presión en el centro del pecho: ¿de verdad le importa? ¿no voy a molestar? Siempre noto que fuerzo, que pido un poco más de lo que realmente debería pedir. Al final, siempre caigo en la respuesta fácil: Bien, ¿y tú?

Pero a veces me atrevo un poco más y cuento algo: Pues hoy he visto el perro más bonito de toda mi vida. Y me planteo si mandarlo: ¿le importará? ¿quedaré como una niña tonta? ¿en realidad es algo interesante? Entonces, se desarrolla una lucha interna, donde me planteo si realmente vale la pena ceder un poco de quién soy, si realmente alguien lo va a aceptar.

Pero Enric es un encanto y siento una profunda confianza hacia él, así que le cuento lo del perro, porque en el fondo me gusta compartir lo que me ilusiona. Hay check y hay doble check. En línea, pero no dice nada. Entonces, el punto de presión en el pecho también se instala en la cabeza: me he excedido y le he contado algo que no importaba. Me siento fatal por ello. Odio hacer perder el tiempo a las personas y me preocupa qué piense de mí. Debería haberme callado.

Y lo que pase con Enric poco importa, siendo sinceros, porque yo no soy capaz de encontrar mi espacio donde me pueda sentir segura. Siempre midiendo mis palabras: ¿hasta qué punto está bien hablar? ¿hasta qué punto ofreces y, luego, exiges? Siempre replanteándome una y otra vez qué ha pasado, preocupándome porque ese no es mi lugar.

Y entre la espiral de preocupación, la culpabilidad: no debería sentirme así. Me siento dramática, que me ahogo en un vaso de agua. Siento que no tengo derecho a preocuparme de nada, que son solo situaciones mal gestionadas.

Y poco a poco, más puntos de presión aparecen en mi cuerpo. La respiración se altera y reconozco que estoy en uno de mis días malos. En los que una voz en mi cabeza me recuerda que no tengo derecho a sentirme mal, pero tampoco a pretender que los otros se interesen por mí. Pero esa misma voz recuerda que estoy mal, que no consigo encontrarme bien cuando se supone que todos deberíamos estar bien.

Activo el protocolo: concentrarse en la respiración, pensar en el color rosa y repetir un mantra budista. Mantener la mente ocupada: nunca pararse a pensar, siempre hacer cosas (a riesgo de convertirme en un autómata). Es una manera de vivir complicada: siempre ocupada. Si tiempo libre y, si lo hay, planificado. Si fallan los planes, entrar en pánico y volver a recalcularlo todo. Evitar acordarse de la fragilidad de lo que soy, porque en el fondo, ¿soy algo?

Me voy sintiendo mejor. Gradualmente, vuelvo al texto que estaba escribiendo. No quiero mirar el móvil en un tiempo.

Y qué decir qué hace con uno mismo, que consigue que la ansiedad sea paz.

Y sonrío, porque sé que es fantasía: ¿Cuándo la ansiedad es paz?

La ansiedad debe ser tratada

Si con este texto te has sentido identificada/o o reconoces puntos en común, es muy probable que sufras algún cuadro sintomático de un trastorno de ansiedad. Reconozco que así escrito suena muy poco atractivo, pero lo cierto es que es una patología frecuente (como lo es la depresión). Es importante aprender a conocerse a uno mismo y, sobretodo, entender que también necesitamos mimarnos psicológicamente, como lo haríamos con un problema físico. Si puedes, acude a un médico. Si no puedes, acude a gente que te inspire confianza; pero nunca te olvides de ti mismo. De verdad, es importante: quiérete, date espacio, mímate, encuéntrate. Es posible, de verdad.

 

Imagen: Marketa en Flickr (Creative Commons)