10/12/2006
El Plural / Política
POLÍTICA
Muere sin ser atrapado por la ley
La víbora ya no está entre nosotros
Augusto Pinochet ha muerto sin dar tiempo a que la historia le pasara la lija a su pretensión de impunidad. Ha tenido la suerte de morirse sin una sentencia judicial que certificara con la fuerza de la ley todos los extremos de su ignominia. Ahora, los que se aprovecharon de los crímenes que cometió para refrendar su bienestar pasando por encima de los derechos de todos los chilenos, luchan para conseguir un entierro respetable a quien sus desmanes debieran conducir a cualquiera de las fosas comunes donde encubrió los cadáveres de sus enemigos.
La historia se escribe desde el reposo sereno y cotidiano del tiempo transcurrido, que permite la contemplación de los acontecimientos al margen de las pasiones que promovieron. Hoy está certificado que los chilenos del mañana, al abrir las páginas de historia correspondientes a la última parte del siglo XX, podrán leer: Augusto Pinochet, militar golpista que traicionó la confianza que le había otorgado la sociedad chilena y subvirtió la fuerza que tenía para defender a su patria contra su propio pueblo.
Brutal y corrupto
Ejerció el poder dictatorial con brutalidad incluso innecesaria; fue cobarde al trasladar las responsabilidades de sus actos a quienes le obedecieron y sustrajo inmensas cantidades de dinero del patrimonio de los chilenos para apropiarlos indebidamente. Termino sus días de viejo, utilizando su salud y su edad como parapeto para evitar sus responsabilidades. Su muerte impidió que fuera condenado judicialmente por los más brutales asesinatos.
El otro 11-S
El calor que me produce la noticia de su muerte no hace más que trasladarme al mediodía del 11 de septiembre de 1.973, donde desde la impotencia de la distancia, estando yo en San Sebastián, apreté los dientes ante las noticias que llegaban del brutal bombardeo del Palacio de La Moneda, certificando una vez más la impotencia que se siente al contemplar que un abuso insoportable de poder no se puede detener con la fuerza de la razón.
Muerte o justicia
La noticia de su muerte, en medio de la plácida tarde bonaerense del domingo 10 de diciembre de 2006, es la lucha de un sentimiento entrecruzado entre la pretensión de que el viejo y sanguinario dictador hubiera presenciado la lectura de su condena y la satisfacción que me da que esta víbora, por fin, no esté entre nosotros.
C.C.
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