23/05/2006
El Plural / Política
POLÍTICA
El castigo papal al pedófilo acaba con la impunidad
Caso Legionarios de Cristo: Sólo Dios escribe recto con renglones torcidos
JOAN J. QUERALT, CATEDRÁTICO DE DERECHO PENAL DE LA UNIVERSIDAD DE BARCELONA
La noticia de que Benedicto XVI ha decidido, por fin, censurar al pedófilo Marcial Maciel, clérigo mejicano y fundador de los más que conservadores Legionarios de Cristo, habrá confortado a millones de almas. Pero, al igual que el mal, no hay bien que cien años dure: dada edad provecta del tocón, no se le abrirá proceso canónico y, a cambio, se retirará a un convento; nada dicen las crónicas sobre la condición de quienes le guardarán ni la predisposición que ante tan venerable ejemplo deben adoptar.
La noticia de que Benedicto XVI ha decidido, por fin, censurar al pedófilo Marcial Massiel, clérigo mejicano y fundador de los más que conservadores Legionarios de Cristo, habrá confortado a millones de almas. Pero, al igual que el mal, no hay bien que cien años dure: dada edad provecta del tocón, no se le abrirá proceso canónico y, a cambio, se retirará a un convento; nada dicen las crónicas sobre la condición de quienes le guardarán ni la predisposición que ante tan venerable ejemplo deben adoptar.
Que hay curas que aprovechan su inmensa bragueta y humillan, escarnecen y hasta atormentan a menores o no tan menores es algo sabido y no debe llamar la atención; habrá miserables en ese ramo como habrá entre los médicos del seguro, los catedráticos de universidad o los empleados de parques y jardines. Esto, en sí mismo, no debería ser motivo de escándalo, pues de la mano del derecho penal y de la psiquiatría tenemos la respuesta.
La impunidad se acaba
El escándalo nace cuando, tramando con los hilos del poder, y el de la Iglesia Católica es inmenso, se pretende sustraer al culpable al castigo de los hombres. En esta tarea, fruto de una acrisolada trayectoria, no se suele parar en barras hasta obtener los réditos de la impunidad. Aunque, justo es decirlo, en las sociedades democráticas donde Dios sólo habita en el corazón de quien le de cobijo, la bula se va acabando. Tanto es así, que alguna diócesis, como la de Oregón en Estados Unidos, consideró declararse en bancarrota al no poder atender los pagos de las indemnizaciones derivadas del rosario de abusos infligidos por los religiosos a las almas encomendadas a su cuidado.
Comportamiento oficial de la Iglesia
En España no son infrecuentes castigos de estos carnales ministros divinos, aunque los obispos no hayan procedido ni a su suspensión a divinis ni a ningún castigo del otro mundo y, en cambio, ejerciendo un virtud cardinal, han perdonado públicamente al rijoso.
Dejando de lado lo significativo que resulta que alguien que no está ofendido por el delito perdone al infractor, llama a gritos la atención la peculiar mesura con que la Iglesia Católica ejerce su magisterio.
En efecto, el ser humano, y los curas lo son, es capaz de lo bueno, de lo malo y de lo de todos los días. Ejemplos de envidiable y consecuente compromiso con Dios y con los hombres –desde Tomás Moro a Alfonso Carlos Comín, pasando por Maximiliano Kolbe- están ahí; otros, de villanías sin fin, están en la mente de todos.
Es cierto que estos y otros miles de gratificantes testimonios no limpian las culpas de otros tantos miserables. Pero no es una interesada teoría de la compensación lo que hace censurable a los ojos del mundo –uno de los enemigos del alma, precisamente- el comportamiento oficial de las autoridades eclesiásticas.
Varas de medir distintas
Lo que resulta reprobable -y el término es lo menos duro posible- es la doble o triple vara de medir que la Jerarquía utiliza: se lanza el anatema contra los que, sean o no católicos, esto es, la inmensa mayoría del orbe, se guían por pautas ajenas a las que según el Vaticano y sus voceros deberíamos negarnos a seguir. Aunque el sexo es una semprieterna obsesión curial, hay que recordar que el liberalismo –como ideología- y los socialistas y comunistas –como personas- están excomulgados.
Sin embargo, las cosas cambian cuando es un clérigo el culpable del oprobio, el que ha vejado y torturado a personas concretas, con nombres y apellidos y no meras referencias a ovejas de una grey virtual. En estos casos, la protección al desviado es total; los damnificados, a su vez, son nuevamente vejados con la púrpura del silencio, de la frialdad, del chantaje, del soborno y, en fin, de la impunidad, cuando no con el perdón directo del obseso y con una curiosa concepción de la caridad cristiana.
“Haz lo que yo digo, no lo que hago”
Un predicador, sabedor de sus flaquezas, clamaba: "Haz lo que yo digo y no lo que yo hago". Le honraba este cínica declaración. Pero lo que no es de recibo es que quienes dicen ejercer el magisterio supremo de Dios en la tierra traten con tanta despiadada falta de cariad a quienes deciden pensar por su cuenta y derrochen clemencia con uno de los suyos. Y, si no, que se lo pregunten a Galileo.
En fin, Dios podrá escribir recto con renglones torcidos: se ha autoatribuido esas y otras facultades. Los hombres, en fin, terrenales nunca lo podrán hacer. Y seguirán sin poder hacerlo por más que invoquen al Altísimo, que, dedicado a otros menesteres, no puede atender la llamada de la soberbia envuelta en hipocresía.
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